EL TUNEL DEL TIEMPO

Legui: "Benjamín Gómez, el jinete más completo que conocí"

Pero siempre se entendió que Irineo Leguísamo fue el más grande de todas las épocas y sobre las proezas de «el pupilo», «el mono», «el aprendiz» o como quisiera llamársele se escribieron «ríos de tinta». Pero… ¿quién fue el maestro de Legui –si alguna vez lo tuvo — o a quien admiraba entre sus colegas el notable piloto salteño?

En cierta ocasión acá se expresaba «el más grande» respecto de «sus pares» (pensamos que los jóvenes de hoy día, e incluso quienes no lo son tanto, deberían tomar muy en cuenta sus consejos).

«Por entonces había en Maroñas jockeys de sólido prestigio, como Pedro Moreno, los Tapia, los hermanos Batista, Timoteo Altez (magnífico en los finales), Antonio (luchador y parejo), Esteban Rodríguez (el Burro Blanco), todavía lleno de múltiples recursos a pesar de sus años.

Pero, a mi juicio, el astro, el más respetado de la baraja maroñense era, sin ninguna duda, Benjamín Gómez, el jinete más complejo que yo haya conocido a lo largo de toda mi carrera en la pista mareadora.

Benjamín lo sabía todo, además adivinaba todo lo que podía quedar al margen de sus conocimientos, calculaba y preveía la práctica del arte de correr. Por ello, viéndolo vencer se pensaba en lo más simple: ¡qué fácil es ganar carreras en Maroñas! Yo trataba de imitarlo en todo lo que podía, en los detalles más simples, pero puedo asegurarles que en su arte de estribar y rematar maravillosos finales cabeza a cabeza no había quien lo igualara.

Había nacido sobre un caballo y desde el suelo era capaz de intuir, a fuerza de observarlo, cosas sorprendentes. Pero eso que al galoparlo unos minutos antes de correrlo, su herramienta de trabajo se entendía con él maravillosamente desde el pique.

Ya en la carrera se colocaba invariablemente integrando el pelotón, como si él fuera quien diera las órdenes a los demás, observando el panorama en conjunto con una limpieza y propiedad que causaba estupefacción.

Cuando era necesario aprovechar un claro, nadie llegaba a dominar el momento preciso y encaminando la definición.

Es que Benjamín Gómez había creado un método personalísimo dentro del difícil arte de jinetear puros de carrera.

Corolario de todas estas observaciones fue mi perseverancia para calcarle lo más genial que hacía en la pista, todas ‘sus cosas’, es que la enseñanza teórica y práctica que impartía Benjamín Gómez era asimilada por mí al extremo de saber darle resuelto a un pingo aflojándole el cuerpo y en eso ya le había tomado el tiempo.

Hoy, con los años, pienso en aquellos años jóvenes, cuando mi admiración por Benjamín Gómez hizo que naciera en él una reciprocidad destinada inmediatamente a la comprensión de dos hombres que compartieron siempre la sinceridad de un gran afecto.

Yo, particularmente, lo había hecho mi maestro y el modelo más perfecto en este oficio donde la fama y el fracaso suelen ganarse entre sí por el canto de una uña.

El tiempo fue corriendo y día a día se ensanchaba mi campo de acción en Maroñas, venían a mí los cuidadores que gustaban de la novelería, que gustaban ir detrás de la banda del triunfador, del nombre de moda, cosa que ayudó mucho antes de convertirme en jockey oficial de don Virgilio Da Silva (el hacedor de Sisley, ganador del Nacional de Palermo y Maroñas con Benjamín Gómez). Estas declaraciones de Legui fueron antes de 1920, año en que se fue con Caid a Buenos Aires y Sisley ganó en 1923. Por entonces, otros cuidadores vieron en mí algo que les gustaba para correr a sus caballos con mano suave, capaz de perder una carrera sin pegar cuando advertía que el castigo era contraproducente; el jinete que sabía darse cuenta de que muchos animales dan todo lo que tienen sin que el látigo los obligue».

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