UN URUGUAYO EN LA MAYOR HAZAÑA DEPORTIVA DE ISRAEL

Por lo general, la primera plana de la prensa israelí está dedicada a problemas nacionales e internacionales que repercuten emocionalmente en su población. No es ajeno a ello la circunstancia de que Israel sea el único país del mundo que cada día debe justificar su derecho a sobrevivir.

Sin embargo, en la primera página de la edición del 12 de julio de la prensa diaria, los problemas de seguridad y política exterior fueron desplazados por imágenes de grandes dimensiones en las que se veía a dos jóvenes y exultantes tenistas unidos en un apretado abrazo. Dichas imágenes estaban acompañadas de extensos comentarios alusivos.

En la víspera, estos dos muchachos habían vivido su día de gloria rodeados por once mil enfervorizados espectadores que colmaron el estadio cubierto de Nokia, en pleno centro de Tel Aviv, los cuales, más de una vez durante el transcurso del partido, tuvieron que ser llamados a silencio por el árbitro ­»umpire» en la jerga tenística­ y el veedor de la Federación Internacional de Tenis. La multitud enronquecía coreando «Andy», por Andy Ram, que es el nombre de uno de ellos, y «Ioni» por Ioni Erlich, el nombre del otro: «Andy-Ioni-corazón».

No era para menos. Con su triunfo al cabo de un partido de cuatro horas de duración definido en el quinto set ante la pareja rusa integrada por Marat Safin, quien llegara a ser número uno del mundo antes de la era Federer, e Igor Kunitsyn, quien ya fuera campeón y vicecampeón integrando el doble de su país en las recientes ediciones de la Copa Davis, habían logrado el decisivo tercer triunfo que eliminaba a Rusia, previamente ranqueada con el número uno en esta copa Davis, y otorgaba a Israel el pasaporte para las semifinales de la serie mundial en la cual está lo que se supone constituye la elite de los 16 países que están en la cumbre del tenis masculino.

Los aficionados a este deporte podrán calibrar las dimensiones de la proeza si se tiene en cuenta que hace poco más de tres años, con los mismo jugadores excepto Harel Levy, Israel casi pierde la categoría en la zona uno cuando estuvo a una derrota del descenso, que lo habría llevado a la tercera división.

¿Qué pasó para que al cabo de tan poco tiempo haya logrado la mayor hazaña deportiva en la historia de Israel? La respuesta que dieron los protagonistas es tan sencilla que puede parecer pueril. Reconocieron que valorados como jugadores, cada uno en forma independiente, no estarían ni por asomo, como están ahora, entre las cuatro supertpotencias del tenis mundial. Además, hubo distintos problemas entre los integrantes del equipo, por un lado, y la Federación de Tenis de Israel, por el otro, amén de diferencias entre los propios jugadores, y por si todo eso fuera poco, rispideces entre los integrantes de la pareja doblista.

Pero de la mano de su capitán, resolvieron dar vuelta la página, deponer actitudes personalistas, restaurar un sentido de unidad, y lanzarse en pos de objetivos comunes a todos ellos, por ambiciosos que pudieran parecer.

Esa fue, a mi juicio, la razón por la cual un día pasaron de la mediocridad a la gloria. Cuando al cabo del partido, luego de que el carismático Andy Ram recorriera el perímetro de la cancha revoleando la camiseta por encima de su cabeza, en lo que el «Jerusalem Post» calificó como «una enloquecida danza de la victoria» que galvanizó a los israelíes, manifestó por micrófonos y parlantes, «como equipo somos el número 1 del mundo».

En setiembre los espera la semifinal con España, que tiene ocho tenistas ranqueados entre los primeros cincuenta jugadores del mundo, mientras que Israel tiene uno solo en esta franja ­Dudu Sela, número treinta­. Si se repite el equipo, el restante singlista israelí, Levy, tiene el número 180, y esto recien ahora, porque antes de la etapa contra Rusia, tenía el número 210.

Por ende, y sin perjuicio de que el espíritu de lucha del equipo se mantenga intacto, convengamos que los milagros no se producen todos los días.

A esta altura, el paciente lector puede preguntarse a qué viene esta crónica. Sucede que el abrazo de Andy Ram y Ioni Erlich permanece grabado en nuestra retina por razones no solamente deportivas y que van más allá del tenis.

Andy Ram es un uruguayo que siendo niño emigró con su familia a Israel (más de un espectador se preguntó a qué venían las banderas uruguayas en la tribuna) mientras que su compañero, Ioni Erlich, es casualmente un argentino que tambien a temprana edad emigró a Israel con la suya.

El emocionado abrazo entre estos dos atletas, uruguayo- israelí uno, y argentino-israelí el otro, enfundados en la camiseta color celeste del equipo de Israel, debería llamar a la reflexión a quienes desde la vecina orilla perturbaron y perturban las relaciones entre ambos países. Este abrazo renueva nuestra esperanza de que la hermandad rioplatense, que se manifiesta dondequiera haya uruguayos y argentinos, vuelva en un futuro próximo a retomar la senda de la cual no debería desviarse.

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