El Libro del Picaflor…

Picaflor, ¿cómo la va llevando con sus vuelos rasantes por la calle Guayabo 1531?

–Especial, salvo los días de lluvia.

¿La lluvia le afecta su multicolor plumaje?

–Usted debe saber que una de las debilidades de los Troquílidos es el agua, pero mucho más si esta lo afecta en un ámbito cerrado. ¿ A usted le gustaría estar bajo techo en un temporal y mojarse como si estuviera al descampado?

Sinceramente, no le entiendo nada. Vaya al grano y déjese de dar vuelta como perro antes de echarse.

–¿Si usted no está tomando Dispertina, debe recordar que el año pasado El Picaflor informó e ilustró con fotografías elocuentes del desastre que había provocado un temporal en la sede de la AUF que se llovía como afuera. El presidente de la AUF había declarado 24 horas antes en un extenso reportaje que le hizo El País que cuando había asumido el cargo, entre otras cosas, tuvo que atacar el problema de los techos porque cada vez que se desplomaba un aguacero, tenían que salir corriendo a poner palanganas en la Asociación.

Bueno, pero eso ya es cosa del pasado. Usted mismo dijo que habían levantado una parte del techo en el hall central después de un Libro del plumífero.

–Eso es una verdad a medias. Que levantaron el techo frente a la claraboya es cierto, que gastaron más de U$S 200.000 en unas obras faraónicas –más de la mitad los «consumió» el despacho del señor presidente de la AUF– pero la verdad de la milanesa es que cada vez que llueve un poco en la capital, reaparecen como fantasmas las palanganas y baldes de plástico para contener el agua de los techos.

No, no, usted me está cargando, plumífero.

–Es posta, posta. La semana pasada, más precisamente el viernes, cuando llovió un poquitín, un delegado que no tiene resto para darse el lujo de ir a Punta del Este de vacaciones aterrizó en la Asociación con el propósito de hablar con el presidente Figueredo. Serían las 20.15 aproximadamente. Subió la escalera, ingresó a la antesala del despacho del presidente con el propósito de hablar con la secretaria de éste para presentarse y solicitar la audiencia y como no había moros en la costa, asomó la nariz pensando que Figueredo estaba trabajando.

¿Y?

–Y el delegado se llevó dos sorpresas. La primera que no había nadie en la presidencia –ni Figueredo ni su nuera Virginia– y que el techo del despacho faraónico del presidente se sigue lloviendo como afuera. Ergo, gastaron un fangote de guita en la refacción y amoblamiento del lugar pero la lluvia es un problema que sigue sin resolver… El delegado quedó estupefacto cuando vio tanto lujo, estropeado por la presencia de la infaltable palangana que Figueredo había dicho el año pasado le había dado de baja.

Por lo visto, la palangana sigue tan campante como en 2000.

–Pese a que Figueredo había anunciado que la había mandado a seguro de paro, la loca vieja es la única que sacia la sed arrolladora de la lluvia en la sede de la AUF. Una prima hermana de ella también sale a relucir cada vez que llueve pero en la zona del edificio que da sobre la avenida 18 de Julio. En el hall principal de la nueva sala de sesiones de la Asamblea General, que fue moqueteado, también se llueve como afuera pese a que la Asociación desembolsó la nada despreciable suma de doscientos mil dólares. ¿Qué me cuenta?

Con el debido respeto, como dice el aviso publicitario de la Salhón, me atrevería a recomendarle a Figueredo que cada jornada antes de dejar la AUF se comunique con Jorge Torraca para ver si tiene que sacar o no las siempre vigentes palanganas. De esa forma evitaría encontrarse con sorpresas desagrables al día siguiente.

–Andáaa.

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