SE LE QUEMARON LOS LIBROS. PABLO FALERO PERDIO EL 25 DE MAYO POR NO CONOCER A SU CONDUCIDO

Escamonda, con un Edwin Talaverano inspirado, logró mantener una cabeza de ventaja en un final polémico, pues se le vino encima por dos distanciamientos…

A Life of Victory nadie le quitará su corona de campeón, pero ayer, a cuarenta y ocho horas de ser consagrado con absoluta justicia el mejor caballo de 2008 en nuestro país, Escamonda se llevó las medallas. En el Gran Premio 25 de Mayo (G 1 .- 2.400 metros) lo superó por una cabeza en un cotejo cuyo desarrollo se pareció bastante a la Copa de Oro ganada por Eyeofthetiger en noviembre pasado.

El artífice de la victoria en ambos casos fue Edwin Talaverano, montado sobre un atropellador que llegó a tiempo aquella vez, pese al trámite lento, y en un puntero que resistió ahora con la estrategia de moverse a gusto. Fueron, coincidentemente, aquella y esta, las dos únicas derrotas de Life of Victory en el césped de San Isidro el último año.

«Me faltó conocerlo. No es lo mismo verlo correr o enfrentarlo que estar arriba», sostuvo Pablo Falero, que debutó en la silla del hijo de Incurable Optimist. «Alcancé a sacar una ventaja en los 100, pero el otro reaccionó. Si lo hubiera corrido alguna vez, seguro que hoy (por ayer) me arrimaba antes y lo esperaba desde más cerca»», agregó enseguida el uruguayo.

La distancia que limó respecto del escurridizo Escamonda fue enorme. Había alrededor de diez cuerpos entre ellos cuando llegaron a la recta. Talaverano midió una y otra vez la resistencia de su caballo y lo dejó volar cuando el disco estaba en el horizonte. «Cuando lo buscaba, me respondía, mantenía la diferencia y evitaba que Coria (con Mi Pasional) me presionara temprano. Después, al tener a Life of Victory encima, el mío tomó coraje y no se dejó pasar», relató el peruano.

En ese final, gritó medio hipódromo, y un pequeño sesgo de Escamonda potenció el suspenso. Los trofeos no fueron en este caso a las manos de Juan Garat y Dany Etchechoury, sino a las del entrenador Miguel García, que pronto le llevó la copa a su hija Mariana, que también estaba festejando, pero sus ocho años.

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