¿La cantera inagotable existe?
Pareciera que siempre estamos interesados en aprender lo que supuestamene no sabemos y asi fuimos descuidando lo que sabíamos. Confundimos la garra con la necesidad y los encargados de transmitir ese sentimiento no tienen la más miníma idea de lo que significó esta metáfora para nuestro fútbol.
La disociación entre la técnica y el carácter expuesto por nuestros jugadores dentro de la cancha es cada vez más pronunciada.
Seguramente a la selección de Chile, de diez partidos le ganamos siete, empatamos dos y perdemos uno. Esa es la relación real con todos los equipos del Pacífico. Lo que difiere son las formas de ganarles aunque en esta oportunidad no clasificamos para el Mundial sub 20.
Pero aquí surge la gran interrogante: ¿nos sentimos decepcionados por la eliminación, o nos sentimos mucho más decepcionados por el patrón de juego desarrollado? ¿Cuántas veces ganamos jugando de la misma manera? Infinidad de veces, pero cuando mordemos el polvo de la derrota y nos toca sacar del medio, viene el pataleo.
Quienes marcan las estrategias de nuestro deporte son los únicos responsables de estos constrastes porque ¿cuántos jugadores de esta edad tienen condiciones técnicas más que estimables para ser convocados?
Sin embargo ya sea por el estilo, porque el biotipo de atleta no encaja en los patrones habituales, pues se prioriza la potencia, donde los más aptos son los que salen bien parados. Entonces parecería que debe prevalecer el temperamento, porque si no, pareciera que nos sentimos totalmente desprotegidos.
La mayoría de los orientales somos así, grandes «festejantes» de triunfos indelebles y no medimos consecuencias. Porque es claro que no se puede ganar más de «gaucho». Meter está muy bien pero debe venir acompañado de los otros atributos.
Hace unos diez años, el «Pelado de la Cantora», personaje inefable del barrio de La Teja, me invitaba a ver unos pibes del baby fútbol que jugaban en el club Paraíso.
Me expresó textualmente: «Vení a ver a dos pibes que parecen peruanos jugando al fútbol». Ahí conocí por primera vez a Mario Regueiro y Daniel Pereira. Lo que les costó a estos botijas imponerse como fútbolistas debe quedar registrado en los catálogos que refieren al carácter que se debe tener para ganarle a tantas decepciones.
Daniel Pereira (Liverpool) en sus comienzos era goleador y sumamente diestro; hoy se transformó en metedor, laburante de la media cancha y en muchas ocasiones, por el despliegue exigido –donde esa franja entre el meter y golpear es muy fina– se ve sometido a tribunales por expulsiones innecesarias, que estaba muy lejos de concebir en sus orígenes. Mario Regueiro también debió pasar por vicisitudes muy similares. Incluso pretendieron ponerle la grifa de «patrinquero», justo a él que se forjó la vida a puros centros y taponazos.
Pretendo decir con estos dos claros ejemplos el estilo de nuestro fútbol. Priorizan a los metedores y desprotegen a los «futbolistas con destrezas especiales». Estos dos se salvaron porque, además de ser tremendos jugadores, andan muy bien a las «galletitas».
La cantera sigue intacta pero lo que hay que cambiar sustancialmente son los fundamentos básicos de quienes eligen las formas de jugar. Mientras tanto permanecen en su casa los más capaces: «Ciengramos» Rodríguez, Omar Míguez, Walter Gómez, Ruben Paz, y chiflame cuando dirijan Ruben Sosa, Bengoechea, el «Polillita» Da Silva.
Para terminar con el «sacala y pegale», insertemos estos nombres en nuestras formativas, entonces sí tendremos la oprtunidad que la gente te diga por la calle: «Hoy la rompieron los juveniles». A ver qué escribís… y estará muy bien.
Compartí tu opinión con toda la comunidad