UNA PIZCA DE GRANDEZA
Venezuela en 1954.
Fue el primer mojón de una supremacía celeste en el continente, en la categoría de fútbol juvenil.
Primer Campeonato Sudamericano y, como aconteció en 1916 en Buenos Aires, con la primigenia disputa del torneo continental, Uruguay estuvo al tope.
Campeón con lustre y sin polémicas. Y el campeón abarca aspectos deportivos y de organización. Es bueno recordar que la Copa América tiene la génesis en la instauración de la Confederación Sudamericana de Fútbol, idea llevada adelante por un genial dirigente del fútbol uruguayo.
Héctor Rivadavia Gómez, lúcido y talentoso presidente del Montevideo Wanderers Club, trabajó de manera empecinada, y con el apoyo de la totalidad de sus camaradas de la Asociación Uruguaya de Fútbol, logró que se hiciera realidad lo que parecía ser una utopía.
Más cercano en el tiempo, está latente el criterio, sentido común en imaginación de Washington Cataldi, legendario adalid de la Copa de Campeones de América, que, con el paso del tiempo, breve por cierto, se encargó de hacer partícipe de los vice campones. De hecho, albores de los años 60, «mató dos pájaros de un tiro», asegurando el negocio de la participación de los clubes grandes de nuestro país, con los consiguientes clásicos que redituaban trascendentes ingresos para las arcas de Nacional y Peñarol.
La Copa pasó a ser Libertadores de América y la visión del encumbrado dirigente aurinegro y del fútbol uruguayo, anticipó lo que también produjo la UEFA, con la hoy denominada champions league. Otros tiempos y otros hombres.
Por supuesto que, por lo menos en esta columna de hoy, no queremos pasar ni por la puerta, de los dislates que acucian a nuestra organización profesional. ¿Profesional?
El tema pasa por lo del principio, al decir de Perogrullo.
El Torneo Juventud de América y hacia donde se apunta en la ambición previa.
Porque de eso se trata. Del objetivo primario que, tiempo ha, no se discutía y era innegociable. El fútbol uruguayo salía a buscar el título. El Campeonato. Sin eufemismos de lograr cumplir una buena actuación (bienvenida si se concreta), la clasificación para el Mundial y otras yerbas que se han convertido en verso y santa, siendo una de las causas de nuestro bajo nivel futbolístico. La pérdida de la autoestima y la confianza en nuestras fuerzas. Todo pasa por lo, supuestamente, utópico que, es bueno decirlo, muestra fallas en la memoria de todos los estamentos futboleros.
Porque siempre fuimos menos como país que el resto de América.
En territorio, números de la economía y producto bruto. Demografía, producción y comercio. En recursos y respaldo logístico.
Eso sí, la mentalidad todo lo podía y superaba las carencias. Mal estado de los campos de juego. Ausencia de agua caliente, zapatos (siempre los compramos nosotros), lo mismo vendas, canilleras (los que la usaban, pues no era obligación), toallas, jabón y hasta la indumentaria de entrenamiento.
Acaso eso hacía que el futbolista tuviera otra templanza y manejara otros códigos, respecto al amor propio, orgullo bien entendido y sentido de pertenencia.
Ni hablar del entorno que no tenía idea de lo mediático, como sucede hoy, desde que los gurises aparecen en el baby fútbol.
Venezuela 2009. El 19 de enero se inicia otro camino de esperanza.
¿Por qué no insuflar a este núcleo dirigido por Diego Aguirre, la ambición de salir campeón? ¿Por qué tenerle miedo al concepto? ¡Salir campeón!
Así escribió la historia el fútbol celeste y, en esta época de vacas no flacas sino decrépitas, sería bueno que el recuerdo de Roberto Sosa, Ramos Marichal, Cholo Demarco, Escalada, Guaglianone y Endériz, entre otros, sea emulado por los Santiago García, Aguirregaray, Viudez, Urretavizcaya, Abel Hernández, Peña o Leandro Cabrera.
Faltan algunos días para la partida y que algunos sobrevivientes de aquel primer título, puedan alternar con estos botijas, conocerse, preguntar y escucharse, nos sería una mala idea.
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