Decepción
«Garra sí, fútbol no», titulábamos nuestra columna días pasados, después de la poco explicable victoria de la selección Sub-20 frente a Chile. Ahora, ya eliminado Uruguay de la posibilidad de ir al Mundial de Argentina, lo que queda es la gran decepción del pueblo futbolero que –nos incluímos– nunca pensó que se quedara afuera en la serie eliminatoria, cuando entre cinco participantes se clasificaban tres para disputar la rueda final, en la que solo quedaría marginado un equipo. Nunca se presentará mejor aspectado para los celestes un sudamericano que este que se juega en Ecuador.
Pero sucedió. Fuimos cuartos entre cinco y por segunda vez, al margen de categorías, no estaremos en una Copa del Mundo que se llevará a cabo aquí al lado, cruzando el charco. Quedan ahora las consecuencias, la búsqueda de los culpables y de las razones de este fracaso absoluto, porque no otra cosa significa lo que pasó con un equipo que, al margen de no haber tenido una competencia internacional previa que le significara experiencia y rodaje, contó con una adaptación a la altura de más de 20 días, con todo el confort que exige la alta actividad. El recuerdo de aquella espectacular victoria ante los albicelestes por 4 a 2 en el Centenario, cuando se les dejó al margen de Nigeria, y la buena actuación en el certamen que se disputó en ese país africano, fueron ingredientes que alimentaron la esperanza de una figuración destacada en el actual torneo. Sin embargo, la realidad nos mostró a una formación errática, que deambuló por la cancha de Cuenca sin un norte visible, moviéndose a impulsos personales, aislados, y padeciendo de una estructura defensiva sólida, de un mediocampo que protegiera a sus zagueros y a la vez alimentara a los delanteros, y de un panorama ofensivo anémico e intrascendente, todo dentro de un todo desolador en cuanto a expresión colectiva de funcionamiento y a rendimientos individuales de relieve.
No somos de pegar en el suelo a las víctimas de un fracaso deportivo, pero tampoco podemos ocultar lo que todos los uruguayos vieron por televisión. Argentina es un grupo compacto, solidario y potente que, además, nos jugó con siete suplentes y solo pisó el acelerador en los primeros 14 minutos del complemento, hasta que consiguió el empate, «durmiendo la siesta» antes y después del gol de Domínguez. Chile es una expresión cabal de buen fútbol y si le ganamos fue por esas cosas que tiene este bendito deporte, que no permite adivinar lo que va a suceder, ni siquiera con buena parte de un partido en marcha. Colombia y Bolivia son expresiones de discreto alcance, con poca fuerza ofensiva, pero con noción del juego en grupo, lo que les bastó para superarnos. Todo eso se vio a través de la pantalla chica, y también la constatación de la nula idea que tuvo nuestra selección para oponerse a esos recursos de los eventuales adversarios.
Algunas dudas sobre la constitución del equipo y a la ausencia de varias de las figuras que conformaron el núcleo del Mundial de Nigeria solo podrán ser dilucidadas al regreso de la delegación, cuando Víctor Púa pueda aclararlas. Lo cierto es que sumamos una nueva decepción a un fútbol uruguayo que, a nivel juvenil, no está acostumbrado a ellas.
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