Pequineses faltaron sin aviso
Los visitantes no pueden darse cuenta, pero Pekín, fuera de la zona olímpica, vive a ritmo lento sorprendentemente, con sus calles calmas y restaurantes que esperan por sus clientes, después del inicio de los Juegos. Una calma relativa en esta capital enérgica de 17 millones de habitantes. Entre los pequineses pegados al televisor, aquellos que estuvieron privados de dejar la ciudad o trabajar desde sus casas para reducir la circulación, el efecto es neto.
En el restaurante hongkonés’ GL, en el barrio comercial de Chaoyang, hay que pelear seguido para conseguir una mesa a la hora del almuerzo. Pero las cosas han cambiado. Después de diez días, los mozos se pelean entre ellos para captar clientes. «Desde la ceremonia de apertura, tenemos entre 10 y 20%; menos de clientes», admite la responsable Shi Lili, de 26 años, pese a la difusión de las pruebas deportivas en directo en varias pantallas gigantes de su local.
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