APUNTES AL CARBON

GOLES SON AMORES Y SE OLVIDAN LOS RENCORES

Y así es cuando del hincha se trata y los insondables caminos de sus sentimientos.

Todo ello aplicado a la actual situación del futbolista Carlos Bueno. Hecho donde no hubo dos opiniones al respecto, cuando del retorno se empezó a conversar, tras la reconversión del vínculo entre Peñarol y el Grupo Casal. Mejor dicho, entre Juan Pedro Damiani y Francisco Casal.

El borrón y cuenta nueva le abrió a la institución aurinegra un nuevo crédito con la empresa y, fundamentalmente, la posibilidad de que jugadores de cierto predicamento, reforzaran los planteles del club, urgido de buenas actuaciones, resultados positivos y la chance de obtener algún torneo que otra vez lo hiciera alternar en el plano internacional y, otro imperioso objetivo, lograr el Campeonato Uruguayo que ya hace demasiado tiempo se le niega.

Bastante por cierto, en aras de justificar aquella controvertida claudicación de las huestes oro y negro, procurando revertir un panorama siniestro en el plano deportivo.

Ahora bien, dudas no existieron, cuando se deshizo el entuerto y hubo vía libre para el ingreso de futbolistas de renombre, solicitado por quien era el técnico en su momento, Gustavo Matosas, en que podía llegar cualquiera menos uno, el que justamente aterrizó en Los Aromos en el numeroso núcleo incorporado para disputar el Clausura: Carlos Bueno.

Es obvio y no resulta oportuno enumerar las razones, habida cuenta de todas las circunstancias, públicas y notorias, que rodearon su alejamiento.

En el mismo affaire que incluyó a Cristian Rodríguez y José Emerson Bizera, pero bajo diferente escenografía.

Sin embargo Bueno volvió a Peñarol y, de inmediato, hubo mensajes, amenazas, polémicas y el temor de situaciones nada gratas para el delantero. Las aguas estaban divididas y el fantasma del cisma revoloteaba sobre la propia hinchada.

Especulaciones sobre el rechazo de ver al artiguense otra vez con la vieja enseña carbonera en su pecho, producto de aquel litigio que dejó heridas profundas en el corazón de la parcialidad.

Que habría pancartas, insultos, silbatinas y hasta se temía alguna descontrolada agresión física.

Sin embargo, casi en puntas de pie, de manera callada e inteligente, Carlos Bueno hizo lo suyo. En principio sólo prodigación, esfuerzo, entrega y sudor, porque no afloraba el romance con la red y eso pesa en un goleador.

Pero como todo llega en este mundo, los goles también y, ahora con la conducción de Saralegui, la confirmación de una titularidad que arriba con conversiones de todos los colores.

¿Y el duelo con la hinchada? ¿Las heridas que no cierran? ¿Aquellas declaraciones de ayer que causaron el divorcio? Bien, gracias, pasaron a la cuenta del olvido.

Goles son amores y se olvidan los rencores.

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