LA BASURA
La basura del «área metropolitana» es un viejo problema muy mal «resuelto». Abarca los residuos domiciliarios, industriales, hospitalarios y los altamente peligrosos.
No puede haber una «solución» global abarcativa.
A nuestro juicio, tampoco se deben construir inmensos basurales de muy difícil y eficiente manejo. También en este tema la centralización va en contra de las mejores opciones y tiende a generar complejos problemas fuera de todo control sanitario posible.
Obviamente, la basura es un «negocio» del que los «clasificadores» forman el eslabón más débil.
Lo es en todo el mundo y por ello existen tecnologías de variado tipo para encarar el problema y obtener riqueza de los desperdicios.
Hay también medidas «preventivas» o paliatorias previas, como por ejemplo prohibir ciertos envases, la reiteración innecesaria de ellos y cierta clase de materiales utilizados.
Hemos visitado experiencias municipales europeas (algunas «inventadas» luego de grandes catástrofes por mal manejo de la basura). Pagado el precio del grueso error no tuvieron más remedio que «trabajar» muy en serio.
Lo primero que observamos fue el «tamaño» relativamente pequeño de las plantas de tratamiento. Y por lo tanto la necesidad de contar con varias, diseminadas estratégicamente en torno a la ciudad para (entre otras cosas) facilitar el transporte.
Ello a su vez permite un control directo por parte del vecindario involucrado tanto de las tareas de recolección como de los efectos sobre el medio ambiente por los trabajos realizados en dichas plantas.
La clasificación se realiza mediante maquinaria de no muy difícil fabricación y manejo (al alcance de nuestra industria metalúrgica).
Y se realiza también, en ciertas ineludibles etapas, mediante el trabajo manual sobre cintas transportadoras como en cualquier «línea de montaje». Gente trabajando con protecciones sanitarias y controles de salud que, por supuesto, incluyen uniformes, máscaras, guantes, etcétera y, a la vez, sencillos aparatos de apoyo (imanes, aspiradoras industriales…) que a su vez conducen el material «capturado» a otras cintas y tubos transportadores.
La materia orgánica, separada de lo demás, va a ciertos «digestores» de los que, procesada, se obtiene fertilizante.
Todo lo obtenido es prensado, enfardado, embalado o embolsado para su venta que por lo general es previamente «licitada» y contratada.
Lo que no puede ser aprovechable, que a la postre es poco, va a un depósito sanitario clásico del que se obtiene biogás con el que se genera energía eléctrica para la propia planta de tratamiento y eventualmente las líneas públicas de transmisión eléctrica. En esa parte de la planta el manejo también es limpio ya que, como es sabido por los expertos, en tales «depósitos» las capas de basura diaria se van tapando con capas de tierra (sacada del mismo «pozo» cuando hubo que hacerlo) y el lixiviado (líquido de alto poder contaminante) resultante de esa «digestión» lenta y definitiva, es conducido a tanques para su debido tratamiento a fin de evitar contacto con cursos de agua superficiales o subterráneos.
No existe mal olor alrededor de estas plantas ni animales (gaviotas, cerdos, ratas…). Los pozos o depósitos sanitarios una vez llenos son enjardinados y forestados. Lo único visible: las cañerías por la que sale el biogás hasta que un día éste también se agota y ellas son retiradas.
A esta técnica debemos agregar diversas otras tecnologías optativas disponibles: producción de biodiésel (ya existen plantas funcionando en varias partes del mundo… Y en la ex Funsa las estamos fabricando… ¡Para exportar!).
Para los «materiales plásticos» (bolsas, botellas…) existen tecnologías que producen casas prefabricadas, postes de alambrado, tranqueras de campo, bretes para la ganadería…
Lo reseñado indica por sí solo la inconveniencia de construir gigantescos depósitos centrales.
Está muy bien la idea de abordar este asunto mancomunando esfuerzos de las tres Intendencias Municipales (Canelones, San José y Montevideo) que forman el «área metropolitana». Pero está mal pensar en faraónicos basureros centrales.
Y sospecho que falta incluir a Florida, pero por esa ruta entramos en tema similar aunque de otro tipo: los efluentes líquidos y materiales de los tambos y, en general, de explotaciones ganaderas que concentren en poco espacio gran cantidad de animales. El antecedente medioambiental más notorio de este asunto es la industria frigorífica.
Viendo mapas de concentración tambera podemos constatar que, sin olvidar otras, por San José, Canelones, Montevideo y Florida se extiende (por ahora) la más densa cuenca lechera de Uruguay.
Por suerte, además, intensifica su producción y todos vamos a colaborar para que lo siga haciendo.
Podemos discutir si ya los tiene, pero es indudable que tendrá efectos ecológicos severos sobre las cuencas fluviales de las que extraemos el agua potable para las más grandes concentraciones urbanas del país.
Son centenares de miles de vacas, en relativo poco espacio, sin caño maestro, obras sanitarias y saneamiento. Y ni siquiera suficiente campo abierto en el que poder hacer sus necesidades sin generar problemas. La ganadería intensiva trae consigo este problema. Forma parte del Uruguay Productivo y hasta incluso del ineludible futuro.
Pero, como en el caso anterior, hay soluciones y también son productivas. El ganado es también fuente de energía por su sebo (para el mejor biodiésel), cuando siendo caballo o buey lleva cargas, tira del arado, corre carreras y, hasta cuando concentrado en grandes «hoteles» hace uso del «cuarto de baño» (sin olvidar que ciertos efluentes procedentes de la industria lechera contienen también efluvios energéticos).
Hay un futuro de empresas barométricas para esa población animal. En primer lugar, para limpiar, pero en segundo para obtener fertilizantes, biogás, electricidad, metanol, hidrógeno…
Es seguro, aunque también cause gracia, que la crianza y engorde de lombrices (ganadería limpiadora) será fuerte aliada del agro, la industria, el medio ambiente y el Uruguay Productivo.
Habrá que ir «parándoles rodeo»… El problema será la «señalada» y cómo ponerles cocarda en El Prado.
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