Llegó el día
Los boletos ya están jugados. Atrás quedan ahora todas las especulaciones sobre si un equipo llega mejor que el otro, o sobre lo que más conviene a cada uno. Se terminaron –al menos para la inmensa mayoría del país– las especulaciones sobre la táctica a utilizar, sobre si debe jugar éste o aquél, y empieza el momento de la tensión, de los nervios crispados, de las pulsaciones a mil por hora, después de que Sergio Komjetan pite el inicio del partido. A partir de ese momento, a pocos les importará tener mayores méritos que el rival, jugar mejor o merecer mayor suerte. Lo único que importa es ver ese maravilloso, fantástico, sublime momento, en que la red del arco adversario se mueve al ser golpeada por la pelota. El Centenario será colmado por sesenta mil almas, vestido a mitades por los colores tradicionales: rojo, azul y blanco en la Amsterdam, amarillo y negro en la Colombes, con Olímpica y América repartida en mitades. En lo previo, todas son incógnitas: ¿podrán Vanzini y Romay mantener su paternidad ante el clásico rival? o ¿desnivelará una vez más el talento de Bengoechea? ¿Gritaremos un gol de Martínez ante su ex equipo? o ¿gozaremos una vez más de un gol de Romero?
Estas y miles de preguntas vivirán en su fuero más íntimo los hinchas de los tradicionales rivales, ansiando la victoria, palpitando el triunfo, aguardando una respuesta que sólo llegará cuando el juez pite el final.
Nacional y Peñarol. Aurinegros y tricolores. Es jornada de clásico y el país se paralizará casi por completo a las cuatro de la tarde, viviendo el duelo entre los ancestrales rivales.
Llegó el día, señores.
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