Los campeones de la vida y su ejemplo de dignidad

Ramón Cantou ofreció las últimas pinceladas de su fantástica magia futbolera con la celeste de Uruguay Montevideo.

Fue el cuadro que aprendimos a querer de tanto alcanzarle la pelota en el añejo Parque Tropiano, a él, el Loco Pepe, Simón Rocha, Beto Forastiero, el Mono Ocampo, Adhemar Calzada, el Loco Barrientos, el Grasa Palacios, Chiche Montenegro y Juan Moreira, una pareja de backs que hoy haría la «pata ancha» en el equipo más pintado de la primera división.

Por lo de «La Bordadora» tenía un plus.

Vivía a media cuadra de nuestra casa, sita en Camino de las Tropas y 12 Metros, por lo que trasladábamos nuestra admiración sabatina, a todos los encuentros cotidianos, sobre todo cuando cruzaba el legendario campito enclavado en el triángulo de Julián Laguna, Córdoba y Camino de las Tropas.

Allí, la barra de vagos pasaba las horas corriendo detrás de la pelota y siempre alerta a su pasaje para tirarle un pase como «distraídos» y solazarnos cuando dejaba el bolso a un costado e iniciaba un repertorio impresionante haciendo «jueguito» con la derecha, la zurda, la ponía sobre su frente, lo mismo que con tanta naturalidad hacía en la cancha, con el agregado de su sempiterna boina blanca.

Con el tiempo, y más allá del efecto ganado al traspasar su hogar y cultivar la amistad con su hijo Beto y su familia, comprendimos que ese tipo del cual guardábamos recortes y figuritas con su estampa, que bien pudo ser partícipe del Maracanazo, solidario, generoso y buen vecino, era un ser humano que desparramaba amor.

Por su gente y por lo que más feliz lo hacía: jugar al fútbol.

Defender una camiseta como la del Pueblo Victoria, ya de última, o la de Rampla Juniors en su hora más rutilante.

Ramón Cantou resultó ser un campeón de la vida y un ejemplo de dignidad.

 

Buenos imitadores

Y estos tipos acaudillados por Luis López resultaron ser muy buenos imitadores.

El Ronco. Todo un personaje peculiar, siendo recurrentes al señalar sus facetas de un sujeto con la marca en el orillo de quienes sin formación académica, han sido capaces de liderar diferentes proyectos, en distintos ámbitos, basados en su conocimiento casi instintivo de quienes le rodean. Haciendo gala de esa universidad de la calle, con la cual, a veces, muchos se llenan la boca pero sin entender demasiado su significado.

Ese que va más allá de los códigos y supone en primer lugar la humildad para adquirir conocimientos de cualquiera, aun los supuestamente ignorantes, autoestima, ubicación, consideración y respeto por los demás.

Y obviamente, el talento para con el sustento de lo adquirido, encarar empresas donde es necesario ejercer la convicción para sacar adelante lo propuesto.

Y algo fundamental. Amor por la causa, el saber disfrutar esa maravillosa posibilidad que ofrece el fútbol, más allá de su profesionalismo, de hacer lo que a uno más le gusta. Y encima vivir de ello.

Y he aquí el detalle, porque vaya que mal la han pasado estos Mosqueteros que siguieron a un inefable D’Artagnan, corriendo la liebre detrás de sueldos y primas impagas, que no han sido óbice para cumplir una campaña formidable.

Es cierto que Defensor Sporting hizo trizas la ilusión del campeonato.

Pero «que les quiten lo bailado». Venidos «de cada pueblo un paisano», estos jugadores de Rampla Juniors han cumplido una actuación espléndida, que habrá de remontarse uno al equipo vicecampeón Uruguayo de 1964, para hallar una campaña similar. El dirigido por Hugo Bagnulo, con el Loco Navarro, Davezac y su boina blanca, Ubiña, Gil y Mujica. Ciengramos Rodríguez, el Cuero Curbelo, Horacio Franco y el Rata Núñez, entre otros.

Por eso la fiesta continúa y en buena hora se diga, más allá que el futuro sea incierto para los rojiverdes.

En todo caso, estos tipos perdiendo el título ganaron otros blasones.

También son campeones de la vida y un ejemplo de dignidad.

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