La violencia está en nosotros
El tema en cuestión no fue la pelota, sistemas de juego o rendimiento de los respectivos equipos, a la hora del enfrentamiento entre Cerro y Peñarol jugado en el Tróccoli.
Durante varios días previos al cotejo, sólo hablamos de las medidas de seguridad, conveniencia (o no) de la concurrencia de la hinchada visitante, y hasta se llegó a manejar la posibilidad de disputar el partido a puertas cerradas.
Un absurdo que acaso podría ser coherente en función de la realidad. Y no es una paradoja.
Ya es de público conocimiento el cómo, cuándo y por qué se fueron dando determinadas circunstancias que acreditaron la prevención tomada por las autoridades.
No abundaremos en ella, pero sí es tiempo de encarar la búsqueda de soluciones haciendo conciencia de que si no atacamos a fondo el flagelo de la violencia, definitivamente se terminará jugando al fútbol a puertas cerradas.
Y eso no es descabellado decirlo, cuando a despecho de todo el despliegue realizado en la Villa se nos perdió de vista otro lamentable hecho anunciado, sin tanta repercusión por los actores en juego, pero que también pudo concluir en tragedia con los incidentes registrados entre parciales de Cerrito y Platense.
Y es que definitivamente existe un hecho concreto y que no es patrimonio exclusivo de nuestra sociedad.
Mal que nos pese, la violencia está entre nosotros.
Tiempo de dirigentes
Ahora bien, aun admitiendo que un corte horizontal en la comunidad nos demuestra que corren tiempos de intemperancia, con incremento de la violencia doméstica, maltrato a niños y ancianos e intolerancia a todos los niveles, tenemos la obligación de no pasar por alto determinados elementos ligados directamente al fútbol profesional.
Por ejemplo, la responsabilidad que han tenido los dirigentes, por lo menos buena parte de ellos, en este crucial tema que es imperioso solucionar, agotando los recurso que existan al respecto.
¿Por qué los dirigentes?
Fácil y de ingenio.
Han generado el enquiste de los indeseables, ya no en la tribuna, sino en las propias instituciones, permitiendo que se tomaran atribuciones impensadas en una sociedad corporativa, en función de su permisividad en las actitudes, entrega de entradas y dinero, concesiones que se tornaron en obligaciones de las cuales no se pudo retornar.
Esa gente ha servido para «colaborar» en determinadas instancias de corte político, amenazar o utilizar el «apriete» cuando las circunstancias así lo requerían.
Los hubo y, seguramente los habrá, si esos mismos dirigentes, que han visto la dimensión que tomó el asunto, no cortan por lo sano y se deshacen de ellos.
Claro que no será fácil cuando se «deben» tantos favores.
La cuestión se ha hecho incontrolable y, prueba de ello, fue la exhortación de los dirigentes de Peñarol para que sus hinchas no fueran a presenciar el partido ante Cerro.
El tema es complejo y no tiene fácil solución.
El problema es de todos y entre todos se deberá resolver, pero con un claro y contundente sinceramiento de los involucrados, con asistencia de las fuerzas del orden, el aporte judicial y una legislación adecuada acorde a los tiempos que corren.
En la vecina orilla ya se han registrado 200 crímenes ocasionados por estos delincuentes en las canchas de fútbol, que se mantienen impunes, incluyendo uno registrado en Paysandú, al cabo del partido Argentina-Chile por la Copa América disputada en 1995.
No queremos emparentarnos con esa estadística.
Los dirigentes tienen la palabra.
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