El libro del Picaflor

–Picaflor, ¿cómo la va llevando?

–Dominada, como si estuviera atada al pie.

–¿Preparó alguna bombita para hoy?

–No, preparar, preparar, en el sentido etimológico del verbo, no. Lo que tiene El Picaflor es una historia secreta, al mejor estilo de la CIA o la Gestapo, vinculada con un mal momento que le hicieron vivir al Toto Da Silveira.

–Cuente, cuente.

–Mire, El Picaflor va a develar los entretelones de un hecho que impactó la semana pasada, especialmente, a los fieles escuchas del Toto, que se cuentan por miles y que no entendieron mucho lo que le pasó al número uno de los periodistas deportivos de este bendito país, como dice Sánchez Padilla.

Siga, siga.

–La semana pasada, el Toto editorializó en el matutino de la Plaza Cagancha sobre la situación de Daniel Alberto Passarella y opinó que después del partido contra Bolivia, sería una oportunidad propicia para despedirlo y designar a otro entrenador al frente de la Selección Nacional.

–Dijo eso.

–Sin pelos en la lengua.

¿Le cantó las 40 al Kaiser?

–Lo mató… El miércoles, en su espacio de Sarandí Sport, el Toto volvió a referirse al tema y dijo que a partir de ese momento había decidido cortar el diálogo con Passarella.

–Pero el jueves yo lo escuché y le hizo una nota a Passarella… No puedo estar loco, ¿no?

–Es cierto. No está loco. Los que están locos de la vida son los que le tendieron la cama al Toto –hubo compañeros de la radio que fueron cómplices–, que gozaron como gurí que le regalan una pelota cuando lo escuchaban dialogar con el Kaiser, después que había anunciado 24 horas antes la interrupción del diálogo.

–¡Nooo!

–Sííí. Fue así. Una fuente muy confiable le confesó al Troquílido que apenas el Toto anunció en su espacio que no iba a hablar más con Passarella, de la calle Divina Comedia llamaron al Hotel Radisson de La Paz y orquestaron todo. «Cuando llame Da Silveira para hablar con algún miembro de la delegación, que no lo atienda nadie. Llamen a Passarella al teléfono, que es el que lo va a atender», ordenaron los capos de Tenfield SA.

–¡Qué jugada!

–Y el Toto, que está más solo que el David en la radio –tiene que cuidarse las espaldas hasta cuando baja la escalera–, entró como un chorlito. Mejor dicho, lo hicieron entrar. En verdad, la intención del colega era hablar con Osvaldo Giménez, gerente deportivo de la AUF, quien ha hecho de jefe de Prensa de la Selección en Bolivia y ha sido un poco el vocero con los medios que llaman desde Montevideo. Giménez, que también estaba a tiro del teléfono, se hizo el chancho rengo –según el informante del plumífero– y cuando Diego Jokas «ató» la comunicación, apareció del otro lado del tubo el Kaiser, con una amabilidad y cordialidad que dejaron perplejo al interlocutor.

–Esto que usted está contando es de Ripley.

–Mire, la fuente que se lo contó al plumífero está muy bien empapada y sus tentáculos alcanzan los mandos superiores de la calle Divina Comedia. En otra época, Passarella, para enterarse de lo que había dicho y escrito el Toto, necesitaba diez días; ahora todo ha cambiado. Desde que apareció la tecla del Enter, el mundo se redujo al tamaño de una manzana… Passarella había leído la columna del Toto por internet; desde Montevideo sus amigotes le chusmearon lo que éste había dicho en la radio y en menos de 24 horas se tomó la revancha y le metió un gol de arco a arco al Toto.

–¿Y por qué no le cortó?

–Ah no, esa es harina de otro costal… Lo que puede decirle públicamente El Picaflor al Toto es que se cuide las espaldas porque está rodeado de «infieles».

–Toto, más infieles que la Pradón, ¿eh?

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