APUNTES AL CARBON

Del infierno al cielo

«Así somos» fue un programa televisivo que alguna vez realizamos junto a la docente y comunicadora Estela Albarracín.

El perfil del mismo no hacía otra cosa que intentar reflejar, en un corte horizontal de todos los estamentos, el modo de ser y sentir de nuestra gente.

Y así es en todos los ámbitos, incluido el fútbol, por supuesto, donde todo asume connotaciones dramáticas. Ganando, perdiendo o empatando.

Todo es un drama, hasta el festejo de un gol, que a veces, más que la alegría de haber convertido en la red contraria se transforma en una suerte de folletín.

De los jugadores con «dedicatorias» de ceños fruncidos y dientes apretados, si acaso un dedo que acusa a no sé quién, mientras los hinchas intentan denostar a la parcialidad que sufre el dolor de esa derrota temporaria que supone un gol. Tal cual no se festeja, paradójicamente se «sufre» el gol a favor, no se celebra como señalaban los narradores de otrora.

De la misma manera podemos pasar del milagro al fracaso.

De lo sublime a lo peor, una especie de la marca en el orillo, de la cual nadie se escapa en nuestro territorio.

En el futbolero surge la regla, en esta nueva edición de la Copa América de Selecciones, que tanto ha dado que hablar en la tierra de Bolívar.

A despecho de que más allá del favoritismo de la denominada «súper» Selección argentina, además del relieve de los brasileños y hasta mexicanos y paraguayos, renovados y acaparando titulares de noticieros y periódicos, el combinado compatriota sacó «todos los boletos» en tren unánime, en la primera fase del certamen.

Periodismo y afición deportiva coincidieron plenamente. El de Uruguay fue el peor seleccionado. Por lo menos el que menos gustó.

 

De lo peor a lo sublime

Seamos justos, no sólo sucedió luego de la ignominiosa caída ante Perú, sino que la victoria ante Bolivia y la clasificación «a lo pirro» lograda con el escuálido empate ante Venezuela, mantuvo inalterables las dudas en tirios y troyanos. Sólo uno de todos pensaba lo contrario: el maestro Tabárez. El mismo al que ya rondaban intrigas palaciegas, en tanto y en cuanto el propio presidente de la AUF sugería «cambios» en el actual proceso, que sabido es, tuvo su comienzo con el Ejecutivo de Figueredo que no con el doctor Corbo.

Visto así, habida cuenta de la realidad, el panorama no era venturoso. Sin embargo, la historia aguardaba agazapada, porque el peor tercero de las series de esta Copa, «colado» que se metió en la fiesta, se vino con el «cuchillo bajo el poncho».

Al pragmatismo del técnico, a su convicción e inteligencia para capear el temporal de críticas, justas, malhumor de algunos jugadores e inestabilidad de otros, más la amenaza de «golpe de Estado» si se consumaba el desastre en San Cristóbal y había que hacer las valijas, se agregó una refrescante dosis de humildad, renegando de esta soberbia que de un buen tiempo a esta parte campeaba en estas instancias.

Y llegó ante los locales de la mano de los Rodríguez, Pereyra, Fucile, Scotti ¿quién lo hubiera dicho, no? y la definitiva aparición de Forlán (¿era hora, no le parece?) la prodigación de Pérez, la recuperación de García (dicho sea de paso ¡qué golazo se mandó! se acordó de aquel de Malasia) y aunque la ciclotimia no abandona a Recoba, tuvo ráfagas de la zurda que «la rompía» en Danubio y que un día jugando en Nacional, entró con pelota y todo en el arco de la Amsterdam, una tarde en que los tricolores golearon a Wanderers

 

Cuando apareció el equipo

Pero ante todo se destacó un mensaje. Los celestes fueron un equipo solidario, generoso, aplicado, concentrado e inteligente a la hora de la estrategia. Vivo, como en la jugada que cristaliza en el primer gol. Con temperamento y seguro de sí mismo.

Y a pesar de la cantidad de situaciones favorables que no se aprovecharon, se impuso con autoridad, más allá del score final que puedo alcanzar cifras mayores todavía, o del injusto empate transitorio, provocado por el error defensivo en el tiro libre de Arango.

Uruguay está en semifinales porque fue superior a su rival.

A los venezolanos los «mató» la responsabilidad y el dejar pasar el golpe sicológico de habernos llevado por delante en Mérida.
No lo hicieron, fueron mezquinos, lo fue su técnico, pensando que alcanzaba con salir primero en el grupo. Y no es así la cosa en este juego en el que tuvo a nuestro equipo malherido, pero prefirió el armisticio. Así le fue. A Páez le falta aprender que nunca le debe dar vida a un rival, hay que liquidarlo y dejarlo fuera de combate.

Al cabo, además de renacer de los capitaneados por Lugano, anduvieron los fantasmas de la historia haciendo de las suyas en la fiebre celeste del sábado a la noche, ante una descolorida «vinotinto» que se pareció a la que antes recibía ese tipo de goleadas, como en las Eliminatorias del 65, la Copa del 67 o en el 95, la última vez que de la mano de Francescoli, el título quedó en casa.

Mañana será otra historia, Brasil en semifinales, sin «cucos» a pesar de la goleada a los chilenos, devaluados por su incapacidad y los graves problemas de convivencia y con el respeto que vuelven a despertar los nuestros. Es un linda parada y no parece imposible. Claro está, sería bueno no pesar otra vez de lo sublime a lo peor. *

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