Remite Ferrari
Qué tranquilidad me produce el saber que aún estoy vivo.
Sentir que pasaron veintiún años de sufrimientos, inquietudes y desesperación.
¡Con cuántas cosas he cargado!
Quién podría imaginarse que desde 1947 en adelante, el «rojo Ferrari» despertaría tanta pasión.
Recién hace tres años, cuando cumplí los cincuenta, comencé a descifrar lo importante de mi nombre. Traté, por entonces, de entender cómo un equipo de Fórmula Uno podía equiparar y hasta superar en fanatismo de hinchada a las más encumbradas escuadras del fútbol mundial.
¡Mis «tifosi»! ¡Qué fieles! Me hicieron y me harán sentir local en cualquier pista.
¡Seguridad sublime! Pisaré cualquier circuito y me recibirán enrojecidos.
¡Cuántas cosas! Lindas y feas. Tristes y alegres.
Cómo hacer para tratar de explicarles, aunque me brinden tan generoso formato de expresión, el porqué de mi empresa. No podría jamás faltarle el respeto a la historia y resumir lo indebido. Sí puedo remontarme al pasado, como forma de agradecimiento, y recordar la primera victoria por el hermoso trazado romano de Caracalla. Sentir nuevamente los aromas que me regalaron Maranello, la bella Fiorano, Módena y otros tantos lugares ligados a mi nombre. Piacenza, donde por primera vez puse en pista mi crianza.
Qué recuerdos me trae Poggio de Berceto. Preciso lugar donde debutó uno de mis creadores, don Enzo, que correría su última carrera en mi entrañable Passo del Penice.
¡Qué historia! ¡Qué recuerdos!
Froilán González y mi adorada 375, con la que obtuvo la primera victoria. Ascari, Ickx, Villeneuve, Berger, Prost, Reutemann, Regazzoni, Surtees, Alboreto, Hill, Arnoux y sigo recordando. Scheckter, Mansell, Tambay, Pironi, Farina y Andretti.
Alesi, Irvine, Salo, Barrichello y tú, Michael, que me hiciste volver del sueño. Ese que no olvidó ni olvidará al Fangio de la Argentina ni al «bocha» del Uruguay.
Pero, si hasta ese pequeño país entró en mi rica historia. Cosas lindas que hizo don González. ¿Recuerda cuando se subió a la F4500 del 51, que pertenecía a Ascari, en el Gran Premio de BsAs?
Y es lo que ocurre. Tanta emoción hizo que me olvidara de algunos y que ni siquiera los ordenara por generación.
En fin. Hoy me di cuenta que no sólo mi nombre quedaba vivo.
Desde aquellas épocas duras, cuando señalé con mi dedo al pequeño francés triunfador con Peugeot hasta estos días, todo fue una nebulosa.
Levité, hasta cuando Mc Laren, potente como siempre, me entregó el año pasado el título de constructores, llevándome el anhelo de volver a triunfar en el campeonato con un piloto.
Pero siempre confié en ti, capitán de tormentas. Cabeza visible de mi amado nombre.
Tú, que nunca pensaste en renunciar y soportaste tantos embates.
Ganaste siempre. Te empachaste con el champagne del Rally de los 1000 Lagos del 84, junto al gran Ari Vatanen.
Degustaste los campeonatos del 85 y 86, ganando incluso Monte Carlo. Fuiste león, por cinco años, del París-Dakar y tigre del Le Mans del 93 junto a Phillipe Alliot.
¿Cómo te ibas a olvidar de mí, pequeño Todt?
Hoy, escribimos nuevamente la historia. Tiramos al vacío veintiún años de agonía.
Y pensar que muchos creen que me es fácil ser el «caballino rampante». Que me divierte, quizás, complicar a los periodistas y que ellos no puedan explicar, analizar ni descubrir este sentimiento, sin caer en frases hechas.
¿Magia? Puede ser. ¿Leyenda? ¿Sonido? ¿Color?
Eso he logrado. Que no puedan atreverse a develar este misterio.
Me llevo todo. El mundial de pilotos y el de marcas.
El ganar, por primera vez en mi vida, diez carreras en una sola temporada y estamparé nuevamente el número uno en mi alerón. Mientras tanto, seguiré soñando con el día que la historia me robó.
Ese día que me hubiera transformado en el ser más feliz del mundo. Ver al gran Ayrton cargando mi nombre rumbo al título. Y bueno, todo no se puede. Algo en la historia tenía que faltar.
En fin. Miro hacia el horizonte y el futuro me llena de trabajo la vista.
¡Cuánto queda por hacer!
Tarea difícil les espera, queridos pupilos.
No será fácil manener tan importante numeración. Así que a trabajar, pero siempre recordando que me llevan como estandarte. En las dulces y en las amargas. Nunca olviden pronunciar mi nombre. Ese que, por gracia de un dios, hace que, en cualquier circuito, muchos rostros se mojen y no por la lluvia.
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