APUNTES AL CARBON

Flores nuevas de romances viejos

Otra vez el cuadrito de los Lazaroff haciendo de las suyas.

Qué suyas son cuando se trata de generar conmoción y, en las últimas dos décadas, ofrecer sesiones magistrales de fútbol y, encima, dar vueltas olímpicas en la cara de las hinchadas más numerosas del país.

Pensar Juancito, que cuando con tu hermano Miguel y aquella barra de vagos fundaron el «team», como se estilaba decir entonces, la idea era simplemente «chivear». Jugar por el juego mismo, sin otro afán que entretenerse, divertirse y pasarla bien, eso sí, tratando de ganarle a los contrarios y, de paso, darles un buen baile si era posible.

Ni hablar que cuando surgían las grescas también había que «prenderse», no fuera cosa que los trataran de «amargos», que siempre fueron esos los códigos del campito.

Así comenzó la historia del Danubio Fútbol Club.

Nombre impuesto, como no podía ser de otra manera, por tu madre que tenía arraigada la nostalgia por su pagos de la sufrida Europa Central de aquella época. Marzo del 32. ¡Paradoja! Fue el año que los Asaltantes con Patente inmortalizaron el himno nacido de la inspiración del Hueso Pérez.

Justo aparece el cuadro emparentado con el Loco Pamento, Saltimbanquis y Arlequines.

El que empezó a escribir la gran historia de la Extra, afiliado que fuera a la AUF, allá por el 47, para llegar de un tiro en breve lapso, a la divisional de privilegio de aquel país Campeón del Mundo.

Haciéndose fuerte en su feudo del Parque Hugo Forno, donde nadie quería ir a jugar, pero sin aflojar en ningún lado, a favor de un cuadro guapo y una hinchada guerrera a más no poder.

¿Te acordás Juancito?

Como no acordarse si los Lazaroff han sido la marca en el orillo de la institución de la Curva de Maroñas, devenida a Jardines del Hipódromo.

 

Y los del campo también

Y si los Lazaroff han tenido que ver con la génesis del Campeón Uruguayo, que decir de la saga de los Del Campo. Empezando pro Mongo, el ingeniero que, acaso por deformación profesional, intentó alguna vez penalizar el sueño de un fútbol uruguayo organizado y jerarquizado, que en buena forma logró en parte en aquel Ejecutivo de Oro que presidía junto a Iocco, Laffitte, Vázquez y Fernández Caiazzo.

Lo que sí consiguió a plenitud, fue poner en marca a una institución joven y pujante, que pronto resultó un modelo de como trabajar en serio y con la mente fresca.

Claro está que han pasado otros dirigentes de valía que consolidaron al club, como ejemplo vale el nombre del doctor Fernando Nodar, pero es obvio que tras Héctor del Campo, han sido sus hijos los que continuaron un proceso que no tiene techo.

En particular Arturo que, como presidente que es, ostenta la mayor responsabilidad en las decisiones.

Como las tuvo para mantener como conductores del equipo a Gerardo Pelusso en sus momento y, también, a Gustavo Matosas, cuando el juego y los resultados n aparecían y era fuerte la resistencia de barreras hacia afuera de la cancha.

 

El tiempo le dio la razón

Como también la aparición y consolidación de los Cavani, García, Gargano, González, Román, Sergio Rodríguez, Gros Müller, Lima, Malrechauffe y hasta el mismísimo Stuani, que se aburre de hacer goles en Bella Vista. Queremos creer que está a préstamo y que razones hubo, poderosas, para que ello aconteciera.

Y la entidad que crece en el valor de sus obras, que no sólo de fútbol se vive, sino que importa e incide el aspecto social y comunitario.

Y esta aparición de los colombianos que muchos despistados no tenían en carpeta y resultaron singular aporte para la conquista.

Sin lugar a dudas el mejor es el Campeón y este equipo arrasó con todo. Apertura, Clausura, Tabla Anual y la Copa Uruguaya por tercera vez.

Nada más por decir entonces del cuadro de la franja, con parcialidad de paladar negro y degustación de buen vino, que así resultaba de ver a los Lazzaratti, Pederzoli, Burgueño, Bentancor, Carlitos Romero, Lito Silva, Gerardo Rodríguez, Montaño, los Perrone, Esmoris o Desevo.

Claro está que siempre estuvieron respaldados por «tigres» de la talla de Carlitos Correa y Argenti. Rivera, Leszcano y Manghini. O el Negro Tomás Rolan. El zurdo Omar Fernández, Alejandro Morales, Piolín Cincunesegui o Sagastume.

Sin olvidarnos de arqueros como Mario Thul, Banana Maceiras, Bardanca, el Tingo Ariel Pintos o Miguel Bazzano.

Sí, se sabía que más allá de sinsabores varios, días llegarían de «vino y rosas» jugando al fútbol como estos «nenes» y metiendo como varios de ellos.

Hablando de tomarse una, de regreso a casa, desde la redacción del diario y al rato del drama de los penales que consagraron a los albinegros, en la fría madrugada y por 8 de Octubre, sentados al cordón de la vereda ése era el diálogo de dos «fanintes» bien «adobados» a pesar de la gélida noche.

 

– No me gustó el partido…

-A mí tampoco

-Viste que el Nacho… hip… tiró nomás que un par de caños…

-Sí… hip… después la quiso arreglar metiendo el penal…

-Hip… pa’mí jugaba mejor el Cumpa, ¿no?

-Tás loco ¿lo vas a comparar con el Pelado Repetto o el Queque Rivero

-¡Pah! el cuadro del ascenso… ¿Santín y Correa jugaban ahí?

-No… animal ¡esos le soplaron la dama a Nacional en aquella Liguilla!

-Tenés razón… si seremos grandes que les ganamos hasta con un cura…

-¿Cómo era que se llamaba…?

-¡Popelka! ¡Mirá que sos burro…!

-¿Ché, dicen que salen Saltimbanquis y Arlequines otra vez?

-Dale… seguí, eso es puro fiasco ¿no sabés como son los gordos?, ahora están pa’ los pura sangre ¿viste que también ganan en Palermo y San Isidro?… Están «de más» como dicen los chetos…

-¡Vamos Danubio todavía, dale con la fuerza de un ciclón…! *

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