Siempre hay frontera para lo imposible
FRONTERA 2 – PEÃAROL 3
Por Rómulo Martínez Chenlo (Especial para LA REPUBLICA desde Rivera)
Peor. ¿No puede existir un perro momento de felicidad? Otra vez el tipo y su sueño, con ella. Otra vez Frontera, la gloria y el otro, que en este caso se llamó Peñarol.
Otra vez ese utópico sueño de que ella le va a dar el sí para que sean felices y coman perdices.
Otra vez él sabe que ella le va a cortar la cara como siempre y que se irá como siempre con el otro.
Pero esta vez, y no otra vez, fue peor. Ella, buscada, desesperada, desconocida dudó o simuló dudar y entonces flirteó o simuló flirtear con el esfuerzo, con el encono, con el pundonor y entonces él –Frontera– creyó quedarse con el sabor dulce de ese beso que ya iba a atravesar la frontera de la ilusión, cuando otra vez, siempre así la gloria, pérfida, casquivana y casi impúdica, se fue –como siempre– con el otro que ayer, para el caso, se llamó Peñarol.
Sólo le quedaban unos pocos cuadros de celuloide a nuestro mediocre y melodramático director, cuando ¡ñácate! de la peor forma posible decidió tronchar otra vez, una vez más, aquel sueño, soñado por soñar nomás con torcer un destino marcado por el presente y construido por el pasado.
Seguramente si García Márquez hubiese imaginado algún día que iba a haber tanto bastardeo de su «Crónica de una muerte anunciada» hubiera tirado a la papelera aquel título, pero con perdón del Gabo, ningún partido de las últimas temporadas tenía en teoría una crónica tan anunciada como la de la esperable, presumible, impostergable victoria de Peñarol frente a un Frontera sembrado de problemas.
Otra vez el sueño tuvo como escenario el Atilio Paiva Olivera. Otra vez el hechicero fue Ruben Walter Paz. ¿Cómo hacés para jugar así, viejo?
Otra vez mezclaron, mixturaron ingenuidad, creatividad e inocencia para disfrazar de héroes de las cuatro y cuarto de la tarde a once tipos casi en situación del seguro de paro, sin un mango ni para puchero y mucho menos ánimo, resistencia para entrenar.
La ilusión, la microesperanza, casi requecheada de un contenedor de ilusiones abandonadas, estuvo siempre presente, aun cuando la desventaja campea en el césped, cuando el 1 a 0 con gol de Giacomazzi –¡qué zapatazo, papá!– o cuando el 2 a 1 con el previsible gol de cabeza del Lucho Romero.
Nada, ni la falta de automatización de la estrategia defensiva de los riverenses, ni las individualidades de Peñarol hicieron diferencias. Peñarol ganaba, pero Paz había desatado la guerra y metía puñaladas a espaldas de los defensas aurinegros para que Guglielmone, Cuello y Surraco con sus descolgadas de calidad taparan de trabajo a Elduayen.
Nunca se superó el umbral de lo imposible. Durante la hora larga en que Peñarol estuvo arriba por 2 a 1, siempre se mantuvo flotando la idea perdida de que Frontera podía empatar.
El plafón carbonero bajó más todavía cuando Ribas ordenó la variante de Cesaro por Cedrés, como una remake de aquel cambio defensivo en el partido por la Mercosur con Mineiro que resultó el determinante de la eliminación.
Iban 45′. Paz metió un cambio de frente de dibujitos animados. Surraco, que hizo un gran partido metió la puñalada por zurda y Walter Fernando Guglielmone con la ilusión en plancha la mandó adentro.
Después cuento conocido, qué le vamos a hacer, que no lo podés tener y la ilusión se abortó.
¿Vos entendés lo que es morirse con la gloria? Muertos de alegría, de pasión, de esfuerzo estaban cuando ella, la gloria, se volvió a ir con el otro.
Un gol en contra, en los descuentos y hasta con una presunta mano hizo pedazos la ilusión, los sueños que no se pueden soñar.
Lo demás, la autocrítica de Bengoechea, caliente porque jugaron mal, o la persecuta de los hinchas locales porque los jueces los persiguen ya no tenían valor. Peñarol ganó como siempre, a Ribas lo silbaron como casi siempre, y Frontera sufrió, peor que siempre.
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