APUNTES AL CARBON

Recordando al inolvidable Juan Joya Cordero

«Tenía el orgullo y la honorabilidad de las personas de bien, siendo humano y sensible con su familia, amigos y compañeros. Mantenía códigos que ya se han olvidado. Eso como hombre común; de su trayectoria futbolística hablan sus goles, títulos logrados y el respeto que se supo ganar de sus rivales».

Nos lo dijo Domingo Pérez, aquel explosivo delantero de Rampla Juniors, Nacional, la Selección celeste con la que fue mundialista en Inglaterra 66 y logró invicto el título en la Copa América de 1959, jugada en Guayaquil. El mismo que hiciera historia en aquella delantera que integraba junto a Moacir, Pepillo, Delem y Roberto, todos extranjeros en River Plate y que alternó de manera breve en el plantel millonario, con quien cruzaría el Río de la Plata de manera inversa, para hacer la gran historia en Peñarol. Después sí, cuando ambos ya se habían desvinculado del profesionalismo, compartieron viajes, se divirtieron e hicieron obra en favor de los necesitados, en aquel famoso Equipo de las Estrellas, junto a Peta Ubiña, Emilio Alvarez, Míguez, «Ciengramos» Rodríguez, Spencer y tantas otras figuras rutilantes de nuestro fútbol. Este introito, que no pretendía ser tan extenso, apunta a la referencia de un crack que se ha ido silenciosamente y como nada es casualidad, pensamos que no soportó la ausencia de algunos compadres que partieron de este mundo antes que él. O acaso le hicieron un guiño desde el espacio cósmico, para que se fuera a tirar paredes y driblings junto a ellos con una imaginaria pelota de espuma y algodón. Y es que hace pocos meses lo dejó Alberto Spencer y ahora nomás, pocos días atrás, se fue Lázaro Ruiz, más conocido por Delem, con quien mantuvo estrecha afinidad, a pesar del poco tiempo transcurrido en Buenos Aires, en su breve pasaje por River Plate llegado que fue desde Alianza de Lima el equipo albiazul del barrio Victoria.

 

Juan Joya Cordero. ¡Qué personaje!

Y valen los dichos que nos dejó al pasar Pérez, lo mismo que la sincera angustia y lágrimas de Ubiña, su rival de todas las horas y amigo eterno, con el afecto acentuado incluso a nivel familiar, cuando ya las clásicas y gloriosas camisetas ni siquiera marcaban el hecho de ser leales adversarios, dejado que fue el profesionalismo.

Es que aquello de los códigos era la marca en el orillo de estos tipos.

Juan Joya Cordero. ¡Qué personaje!

El mismo que se divirtió en Buenos Aires en cotejo disputado ante Uruguay, por la Copa América, formando parte de una fantástica delantera de Perú junto a Oscar Gómez Sánchez, Miguel Loayaza, Alberto Terry y Juan Seminario, derrotando a los celestes por 5 a 3. Bailó hasta la cocinera y nuestros defensores no eran precisamente nenes de pecho. Allí alternaban junto al Gallego Taibo en el arco, William Martínez, Roque Fernández, Davoine, Néstor Goncalves, el Lobo Miramontes.

Juan Joya Cordero. ¡Qué personaje!

El mismo que le paró el carro al relator Heber Pinto porque lo mencionaba como «Negro el 11″, en alusión a su color de piel y el número de su camiseta. Que dirimía sus entredichos con la vieja y querida ley de los puños. A despecho que, zorro viejo, se guardaba el hecho de haber sido pugilista en sus años mozos.

El que había hecho una rutina aburrida de su juego, cuando su equipo atacaba sobre el arco de la Colombes, para transformarse en el tiempo de ir sobre la Amsterdam y recostado a la Olímpica.

Dicen que Máspoli lo distraía con sus órdenes pero nos parece que era su modus vivendi, un modo de ser y sentir. Perfil bajo, gesto austero y corazón grande, acaso demasiado para un entorno tan complejo como el del fútbol.

Juan Joya Cordero. ¡Qué personaje!

Ya fue tiempo de informar sobre victorias, vueltas olímpicas y jugadas electrizantes. Pero nos quedamos con el ser humano que casi no levantaba la voz de tan respetuoso que era del prójimo, que sembró hijos en esta tierra e hizo llorar a un caudillo como el Peta.

Cuando las hojas amarillentas empezaron a caer desde los árboles, aprovechó la volada y se las tomó en pleno otoño.

Juan Joya Cordero. ¡Qué personaje!

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