La fiesta del pueblo del Interior ya fue
Se convulsionó el ambiente del fútbol uruguayo por la fijación de Tacuarembó, local, contra Peñarol, visitante, en el Estadio Centenario de Montevideo.
Luego del categórico triunfo carbonero en el clásico de nuestro principal deporte, surgió la inquietud en filas mirasoles de no arriesgar en el deportivo con la siempre complicada confrontación en el Goyenola ante el Tacuarembó Futbol Club.
Y la apuesta le salió bien. Así como en la bíblica tentación con la manzana, Peñarol tentó con dinero a un Tacuarembó empobrecido en lo económico, en las ambiciones y en lo deportivo.
Peñarol – Tacuarembó no es un partido parejo ni en el Goyenola, tengámoslo claro.
Peñarol esta cuatro o cinco goles arriba de los de la tierra de Gardel, y ese convencimiento general también abarca a Albernaz, presidente de la institución. No obstante, no quiso tener riesgo alguno el conjunto mirasol y plasmó un triunfo institucional.
Pero cuidado, lo de Tacuarembó se hace notorio porque cambia de departamento, pero esta situación se vive muy a menudo.
Hay clubes que manejan las localías con un criterio errático. Es así que Defensor Sporting no ha sido coherente. Tampoco lo será Wanderers que vendió su localía contra Peñarol.
Con el mismo criterio que expresáramos en su momento que Progreso-Nacional no debía jugarse en el Parque Paladino, porque su fijación fue antirreglamentaria, no es malo para el profesionalismo de nuestro país no desperdiciar cuarenta mil personas de público.
Es más, la propia AUF debería determinar que por carecer de las condiciones indispensables para el interés de público, algunos partidos deben cambiar su sede natural.
Esto no quiere decir que nunca más pueda jugarse en Tacuarembó, que conste.
No obstante, hay que tener presente que también hay otras situaciones a amparar, y no se efectuaron.
El fútbol uruguayo no podría darse el lujo de perder público, pero tampoco puede flecharse a favor de un club.
El partido Tacuarembó-Peñarol en Montevideo significa un triunfo dirigencial aurinegro y marca el comienzo de un sinceramiento de nuestro fútbol, que debería pasar por erradicar la fiesta del pueblo del interior y del barrio montevideano cuando las circunstancias lo ameriten. *
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