Apuntes al carbon

Para Juan De Biase era lo que el ajo para los vampiros. O la estaca en forma de cruz, que es más o menos lo mismo. Mala palabra. Familiares, amigos, compañeros de redacción o simples conocidos, no perdían ocasión de mortificarlo. En todo caso habría que agregar a cuanto desconocido anduviera en la vuelta y fuera hincha de la «contra».

El tema es que pasó a ser incorporado al más genuino folclore porteño, el tomar distraído al reconocido periodista argentino, para espetarle un ¡Spencer!, que lo hacía fruncir el ceño, poner cara de pocos amigos y al cabo, en función del intelecto y la «cancha» del escriba, huir despavorido y aderezar el hecho más de la cuenta para darle «color» al asunto.

En definitiva, la explicación surge porque siempre fue «vox populi» el acendrado partidarismo de De Biase, por River Plate, en tanto y en cuanto, en la vecina orilla como en tanto otros lugares del planeta, nadie niega la simpatía por el cuadro de sus amores. Algo imposible de asumir en nuestro medio, por el ámbito bipolar generado a través de la historia por los dos grandes clubes que lideran el profesionalismo. Es obvio que todo se inspira en las recordadas finales del 66, con particular énfasis en la finalísima de Santiago, donde Spencer brillara en todo su esplendor, cuando Peñarol le propinara a los de la banda roja, lo que para ellos, hoy sigue siendo la más ignominiosa derrota.

Alberto Spencer.

Vaya esta simple anécdota, recogida entre cientos, para darle dimensión en la mínima expresión, a la admiración que despertó al través de su trayectoria, el fantástico goleador nacido en Ancón.

Ya se ha abundado en datos y estadísticas, dando partidos, goles y títulos obtenidos con pelos y señales.

A despecho que siga causando admiración, sobre todo para las nuevas generaciones, que conquistó más de 500 goles en su carrera, 54 de los cuales le significaron ser el máximo anotador de la Copa Libertadores de América, que supo obtener ya en su primera edición. Honores a los que agregó Campeonatos Uruguayos, Copas Intercontinentales, la primera edición de la Súper Copa e infinidad de trofeos y torneos disputados con los aurinegros por todo el orbe. Brilló como futbolista desde su aparición en el pequeño e ignoto Everest, la selección de Ecuador, Peñarol, Barcelona y el propio combinado celeste. Sin embargo, para quienes pudimos asomarnos de manera discreta, a la intimidad de su vida, donde él nos permitió acceder y que agradecimos y disfrutamos con la misma discreción, a pesar de agotar las acepciones merecidas como jugador que van desde fantástico hasta excepcional, pasando por magnífico, impresionante, inigualable y otros sinónimos, nos quedamos con la imagen del crack con mayúsculas que fue con los pantalones largos. Amigo de sus amigos. Solidario. Generoso. Cordial. Ejemplo de conducta y actitud en la vida.

Un ser humano que tuvo la mezcla sajona de su padre inglés en la agresividad con la que atacaba, junto a la agilidad felina que las corrientes de sangre de su madre negra le brindaron. Agresividad y agilidad mental que supo utilizar para resolver los problemas de sus seres queridos.

Afligido por la pobreza de su gente. Reivindicando a los indígenas y afrodescendientes desparramados en su país.

Pasamos horas escuchando su explicación de las particularidades de las regiones ecuatorianas, en especial, por ejemplo, Esmeralda bastión de los negros como él mismo nos decía, por calidad y cantidad.

Alberto Spencer.

Lo presumimos cuando se nos fue Oscar Omar Míguez. El Campeón de Maracaná era su íntimo amigo. Su debilidad. Se había mimetizado en el afecto por el fenomenal centre forward. La ida de «Omar» fue el canto del cisne para el gamo de Ancón. El corazón dijo basta y la ciencia nada pudo ante el irreversible renuncio del de la «zurda».

Y se fue casi en puntas de pie. Así como transitaba cuasi etéreo, por las canchas del mundo, abrazado por siempre a la gloria de los grandes.

Alberto Spencer.

Mister Gol. Crack. Señor y pico. Orgullo de los negros.

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