Apuntes al carbon

Sabíamos que la pérdida de Oscar Omar Míguez le afectaría por demás. Un dolor compartido que para él superaría los límites. Porque está más allá de unos vacíos discursos, que de última, cuando ya el personaje no tiene más chance en la vida, dibujan ditirambos semánticos y frases huecas que se compadecen con la actitud asumida durante el transcurso de la existencia de quien se fue de este mundo.

Y Alberto Spencer, que de él se trata, sabe de esos sinuosos actores y acontecimientos que rodean el pasaje de quienes lograron tanto y, al cabo, recibieron tan poco de los altos estamentos del fútbol. Léase Asociación Uruguaya de Fútbol o, en éste caso, Club Atlético Peñarol. Mejor dicho, los dirigentes de turno que pasan y se van. Algunos, porque otros permanecen atornillados a los sillones de sus respectivos ámbitos.

En concreto, el diplomático acreditado ante nuestro país por Ecuador y formidable ex futbolista, sintió la despedida del amigo, lo mismo que un «bolo punch» de Héctor Pedro Rodríguez, aquel pugilista Campeón Uruguayo y Sudamericano de los medianos, además de reconocido árbitro internacional.

Y ahí está, fastidiado y ansioso, porque su enorme y generoso corazón se «empacó» y asustó a todos los que lo admiramos.

No tengan dudas, fue porque Omar se «las tomó» y quedó sin efecto el diálogo que se cultivaba a diario ente ambos cracks.

 

Cuando un amigo se va

Oscar Omar Míguez y Alberto Spencer eran amigos. De verdad.

Manejando los viejos códigos que hoy están en extinción. Tiempo de mediocridad y soberbia, donde beber en las fuentes de nuestras raíces suena a ridículo. Mejor dicho, lo hacen parecer de esa manera, cuando es un axioma que pobre de quien no tenga memoria y acuda a ella para reconocerse y aprender de quienes fueron sabios y escribieron nuestra historia.

Alberto Spencer está hecho de esa madera. Personalidad introvertida. Educada. Exquisita. Humilde. Respetuosa.

Dotes que mantuvo desde su arribo a estas costas llegado que fue desde el Guayas, apenas pasados los 20 años, para convertirse en uno de los más idolatrados futbolistas que defendió la blusa mirasol.

Ganó todo. Campeón Uruguayo, de América y del Mundo. Máximo goleador de la Copa Libertadores de América con un récord inigualado. Supo defender la celeste convirtiendo el primer gol de un combinado de este país, en el legendario estado de Wembley.

Pero no fue la única vez que lució la gloriosa casaca. Así como lo hizo ante Inglaterra, repitió ante Austria y en un recordado partido disputado en el Centenario, ante Checoslovaquia.

El flamante vicecampeón del mundo había caído ante Brasil, en Santiago, y apareció enfrentando a un combinado de la AUF, donde además de Alberto, alistó el Yaya Rodríguez (J.J) aquel entreala venido de Boca Juniors y alistado en Nacional. Se ganó 3 a 1 y el hombre cumplió con su cuota de gol.

Vaya paradoja. Nacido en otras tierras, se impregnó de lo que nosotros hemos perdido. Los códigos o en todo caso la actitud. Fue emprendedor para reunir a los viejos campeones y generar un movimiento generoso y solidario. Por supuesto que corrieron juntos detrás de la pelota y con esa excusa recorrieron el país ayudando escuelas, obras sociales y todo aquel que anduviera en la mala.

En silencio, como siempre ha transitado por la vida.

Después fue tiempo de sosiego y acrecentar los afectos. Pero cuando un amigo se va queda un espacio vacío. Y el corazón se «empaca» y se hace el loco. Pero Alberto ya «le metió el gaucho» porque no se «banca» la estadía en un sanatorio y quiere volver a su casa más temprano que tarde. Que así sea.

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