Sencillamente maravilloso
Soberbio, después de siete años de elaboración, la inauguración de los Juegos Olímpicos de 2000, sobrepasó cualquier expectativa. Ningún adjetivo se adecua a la realidad.
No faltó nada en la cita que centró la atención del Universo. La emotiva ceremonia de inauguración de los Juegos no solo tocó «el corazón del público, sino también el de artistas veteranos que estuvieron entre los protagonistas de la fiesta, como los cantantes John Farnham y Olivia Newton-John». «La sensación de estar allí, en el escenario fue tremendamente impresionante», dijo Newton-John. Mientras que Farnham, su compañero de dúo en «Dare to Dream» (La Osadía de Soñar), dijo que sintió «una felicidad absoluta». Las festejadas secciones Sueño en el Fondo del Mar y Eternidad, fueron protagonizadas por Nikki Webster, quien ha trabajado en numerosos papeles en telenovelas locales. También hizo el famoso papel de la huérfana Young Cosette para la versión australiana del exitoso musical Los Miserables. En una noche nublada pero sin amenaza de lluvia, que los madrugadores pudieron ver en América Latina, la magia fue lograda con 11 poderosos cables de 45 metros de largo cada uno que surcaban invisibles atravesando el espacio del estadio Olímpico. Los números «Despertando», «Fuego» y «Naturaleza», animados por centenares de extras, representaron a los pueblos aborígenes Djakapurra y Munyarryun, virtualmente desaparecidos. «Fuego» evocó el llamado «Viernes negro» del 13 de enero de 1939, en el que a raíz de un incendio accidental murieron 71 personas y quedaron devastadas 1,5 millón de hectáreas en el sudeste del país. La música que se escuchó durante las alegorías a la flora, la fauna, la historia y el trabajo humano que construyó esta nación fue interpretada por la Orquesta Sinfónica de Sydney. El marino que atravesó el campo en un simulado barco rodante encarnaba a James Cooke, quien inició la colonización del territorio, que fue al principio un presidio del imperio británico. Los jinetes abanderados eran de la Caballería Australiana y los equinos de la Asociación de Criadores, en un esfuerzo por reflejar la tradición ecuestre del país, en donde fueron introducidos en 1788. El regimiento Australian Light Horse Cavalry sirvió en la Primera Guerra Mundial y al presentar banderas en simultáneo con la ejecución del himno nacional despertó un sentimiento nacionalista en los 100.000 aficionados, que lo cantaron a coro, con gran emotividad. Al igual que cuando 1.000 jóvenes bailaron tap. No faltó nada ni nadie. Las delegaciones de los 198 equipos nacionales desfilaron sonrientes, destellando alegría. Se confirmó que el fuego del olimpismo sigue vivo y que concentra la mayor masa humana jamás vista.
Según el Comité Olímpico Internacional
«Fue la ceremonia de apertura más bella de mi presidencia», dijo el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Juan Antonio Samaranch, feliz tras una ceremonia «políticamente correcta», que incluyó unos 11.000 atletas de 198 países. La ceremonia, que costó poco más de 50 millones de dólares, fortaleció la decisión de que Sydney 2000, los primeros Juegos del nuevo milenio, pretenden ser también «los Juegos de la Reconstrucción», tras los escándalos de corrupción que pusieron al olimpismo en una crisis inédita. Así, la fiesta de 4 horas y 15 minutos del Estadio Olímpico, colmado por 110.000 personas y seguida por TV en 220 países, incluyó como puntos más fuertes el desfile conjunto de las dos Coreas y el rescate de los aborígenes australianos.
La designación de Cathy Freeman, actual campeón mundial de los 400 m y plata en Atlanta 96, descendiente de aborígenes, para encender el pebetero buscó destacar a los primeros habitantes de Australia, pocas horas después de que medio millar de aborígenes manifestaron en el centro de Sydney, reclamando sus derechos.
Freeman, que anunció que exhibirá la bandera aborigen en caso de victoria, quedó en el centro de un pebetero que emergió del agua y se situó en una rampa que simulaba una cascada, en un momento espectacular, pero que tuvo momentos de incertidumbre, por una falla mecánica que pasó casi desapercibida.
Freeman recibió la antorcha del sexteto de mujeres, viejas glorias olímpicas elegidas para el último tramo (Betthy Cuthbert en silla de ruedas, Raelene Boyle, Dawn Fraser, Shirley Strickland de la Hunty, Shane Gould y Debbie Flintoff-King), un homenaje también al centenario por la primera participación de una mujer en las Olimpíadas.
Show universal, antidiscriminatorio y multicultural. Los 110.000 aficionados que colmaron el Estadio Olímpico, estallaron con el paso final de su delegación, pero dedicaron también antes, fuertes ovaciones a la Corea conjunta, a Timor Oriental, Bosnia-Herzegovina, Nueva Zelanda, Estados Unidos y Brasil.
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