Los focos de Alemania comienzan a apagarse
Entre la fascinación por el hasta el martes pasado denostado fútbol italiano y el disparatado precio en el mercado negro de una entrada para la final dominical en el Olympiastadion berlinés, ya con las cartas vistas, las luces comienzan a extinguirse tempraneramente en el Mundial de fútbol alemán.
La «Mannschaft» parecía revelarse como el gran elemento para amalgamar a una sociedad avergonzada de su pasado, hasta ahora por completo incapaz de la menor manifestación nacionalista por temor a las malas interpretaciones. Sin embargo, en las últimas semanas, los alemanes cantaban su himno con el mismo fervor que coreaban los goles de los pupilos de Jurgen Klinsmann.
A nadie importaba el pobre nivel de fútbol que se mostraba en este Mundial, puesto que la fiesta y la locura mediática lo eclipsaban todo. Pero llegó Marcello Lippi, un «viejo zorro» del fútbol, y con su equipo de «trogloditas», según la opinión de algunos, puso las cosas en su lugar. La cadencia de otro himno, el de «la alegría» de Friedrich von Schiller, que inspiró al gran Beethoven y más tarde a algunos otros, dejó de repiquetear en los oídos germanos cuando, con la habilidad de un prestidigitador, Lippi mostró su póker de ases en el tapete verde del estadio de Dortmund: Alberto Gilardino, Vincenzo Iaquinta, Alessandro Del Piero y Francesco Totti. La desilusión fue tan grande en toda Alemania como la de un hincha poco previsor que no compró su entrada a tiempo para la gran final. En el mercado negro los precios se han disparado, y para hacerse con un asiento en las tribunas es necesario pagar la friolera de 1.500 euros: el equivalente a un salario medio en muchos países de Europa. Pero, siempre queda aquello de «a vivir que sólo es un día» o «después… quién me quita lo bailado». La pregunta que queda rondando es: ¿Qué hubiese pasado si Alemania hubiese clasificado para la final? Mejor no preguntar, y guardar la chequera…
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