Lo que importa es que siga la comparsa

La fanática oposición al coach de una selección de Inglaterra que no gana, es superior aun a la de un primer ministro británico que no soluciona los problemas económicos del país. Los ingleses son más fanáticos de su fútbol, que de su pan nuestro de cada día.

No hay peor pesadilla que perder una clasificación por penales. No se lo deberíamos desear ni al peor de nuestros enemigos. Inglaterra padeció ayer lo que le tocó vivir el viernes a Argentina. Fue demasiado cruel.

Terminado el partido, el panel de comentaristas de la BBC, los ex jugadores Gary Lineker, Ian Wright, Alan Hansen y Alan Shearer le dieron duro al técnico Eriksson. «Que no puso a éste, que no puso aquél, que llevó a uno lesionado!». Pero cabe recordar que los penales los erraron los jugadores Lampard, Gerrard y Carragher y no el técnico. Los erraron la crema y nata del fútbol inglés.

El fútbol de la selección inglesa lo juegan los ingleses. Si el DT es extranjero, es un problema de identidad serio. La prensa inglesa odia a Sven Goran Eriksson. Lo perdonaron hasta ahora solo porque no tenían más remedio. Para un ex reino imperial era una vergüenza nacional reconocer que la selección de un deporte del cual fueron inventores, estaba en manos de un foráneo que hablaba con acento vikingo.

Sven Goran Eriksson es hoy historia. Acaba de dirigir su último partido con la casaca blanca y la cruz roja en el hombro. Mañana estará buscando otra camiseta. Pero tendrá 40 millones de dólares acumulados durante cinco años en el bolsillo.

Hace unas semanas existió la posibilidad cierta de que un latino, el brasilero Scolari, hubiese sido elegido como su sucesor. Fue el ultimo insulto para la redonda de la reina. En Inglaterra no hay nada más poderoso y omnipresente, que la Reina Isabel II de Gran Bretaña. El fútbol anda ahí cerca.

Pero los 22 jugadores que conformaron la escuadra inglesa, hasta ahora no han hecho más que apoyar al técnico sueco que llevaba más de cinco años en su puesto. En materia de victorias, tiene un coeficiente enviable: 70%. Todo un récord del fútbol inglés. Alf Ramsey, héroe de Wembley en 1966, solo había alcanzado 63%. Bobby Robson, semifinalista en Italia 90, apenas un 51%

Y ahí está la lección para los jugadores, para la prensa y para el público inglés. Una lección que también podría aprender Uruguay, ya que estamos en el tema. Primero, hay que preocuparnos por levantar el porcentaje de victorias en partidos serios. Después empezar a pensar en trofeos y copas.

Podemos pasarnos horas buscando razones y hurgando adjetivos para describir los 120′ previos a la definición por penales. Pero ¿de qué serviría? Ninguno de los dos equipos mereció ganar. Solo un poco más Inglaterra, que con entereza y sacrificio jugó 60′ con 10 jugadores una eliminatoria mundial. No es moco de pavo.

Del lado inglés se destacó Hargreaves por las corridas, la marcación y las ganas. También la línea de cuatro defensiva de Neville, Ferdinand, Terry y Ashley Cole. Pero el resto pasó desapercibido. Tanto sea el supergalán Beckham, el agente secreto Lampard o el niño callejero dickensiano Roonery.

Portugal fue el colmo de la mediocridad. Algo intentaron Ronaldo y Carvalho. El guardameta Ricardo fue un héroe. Pero hubiesen necesitado cinco jugadores frescos más para meter una pelota redonda adentro de las mallas inglesas. Intentaron todo: pelotazos de billar, golpes de voleibol, encestadas basquebolísticas, tiros fútbol cinco, hasta raquetazos de tenis. Ninguna de esas redondas hubiese podido perforar la meta inglesa porque los portugueses habían entrado a la cancha con los zapatos cambiados. Y no hubo nada que Scolari pudo hacer al respecto.

De nada sirve buscar culpables. De nada sirve acusar inocentes. Aunque, por supuesto, eso siempre ayuda para mitigar la bronca de un país. Lo duro de los mundiales es que no importa la grandeza de nadie. El fútbol es la gran guadaña. Escupe a los que no saben ganar como si fuesen un carozo con gusanos.

Es hora de que algunos países, como Argentina, Uruguay, Inglaterra y Holanda, empiecen a estudiar la teoría de los grandes números mundiales. Se repite la misma historia de siempre: pierden por penales, con un gol de suerte o de media cancha, pero pierden. Mientras tanto, Alemania y Francia siguen raudos y veloces.

Es solo fútbol. Pero qué duro es perder en un mundial. Lo único peor es ni siquiera llegar al coliseo mayor del deporte de la redonda.

El fútbol siguirá reinando. Mañana nos habremos olvidado de los que quedaron en el camino. El fútbol seguirá siendo el show más espectacular del mundo moderno. No hay nada más grande. Los países no cuentan. Lo que importa es que siga la comparsa.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje