A lo gaucho, don "Bolillo" Gómez
Generalmente la opinión mal interpretada sobre lo que significa la garra, confunde y provoca estas manifestaciones nada inteligentes como las de este técnico colombiano, cuando dice que los uruguayos no pegamos como antes. Que en el Centenario, otrora inexpugnable nos pueden boletear sin mucho trámite. Incluso este híbrido equipo ecuatoriano contaba con posibilidades según su entrenador.
En 1942 en la Copa América que se disputó en Montevideo, Uruguay contaba con una delantera de fantasía, Castro, Severino Varela, Ciocca, Roberto Porta y Zapirain. Este cuadrazo celeste le propicia la primera goleada histórica al elenco ecuatoriano ganándole 7-0. La posteridad de este partido marca con aristas más que salientes otras goleadas escandalosas apenas interrumpidas por esporádicas, tres victorias y un empate, en 26 enfrentamientos oficiales entre estas dos selecciones.
El silencio en lo previo es lo más aconsejable, cuando se enfrenta a nuestro combinado. Declaraciones nada felices de este D.T. seguramente incentivaron a los viejos duendes celestes, que no mostraron nada nuevo, por el contrario, los antiguos padrones de nuestro fútbol, la fuerza, la potencia, la entrega y por supuesto, la mística camiseta alcanzaron para propiciar otro desenlace similar al ocurrido hace 58 años atrás. La contundencia de este 4-0 seguramente le sugerirá al señor «Bolillo» Gómez realizar un curso rápido de la historia futbolística del Uruguay. Para no comerse otro idéntico gauchazo, como le ocurrió en este comienzo de siglo.
Vale también una puntual aclaración para quienes, por mala información, desconocen la realidad de la verdadera causa anímica de triunfos memorables. No fue el golpe artero, ni la patota ventajera que dentro de la cancha acompañaron a nuestros jugadores a resaltar el espíritu indomable de nuestros atletas. La pobre infraestructura que siempre ostentamos, el bañarse con agua fría, jugar con zapatos de fútbol prestados, la nutrición inconveniente, las canchas peladas y empozadas, los meses de 100 días para cobrar, las luchas internas que desgastan y propician la continuidad de desaciertos, el relevamiento de cuerpos técnicos enteros, hicieron una constante intolerable que sólo este mágico fútbol aceptó.
Ese anteponerse a la adversidad, enfrentar las dificultades con el ánimo intacto, el poner ganas y entusiasmo en la aridez más profunda que provocan los adversos resultados, nos distinguieron en el mundo entero. Pero también, veladamente nos pusieron la grifa de matones, adjudicando tales logros a una garra mal interpretada.
El legado de Don José Nasazzi, de Obdulio, de Lorenzo Fernández, de Omar Míguez, de Julio Pérez, está a buen resguardo. Sigue dando criollos el pueblo, con muy poco juego pero con muchas ganas le alcanzó a nuestro equipo para restablecer el propósito, de la misma «garra» de siempre.
El equipo no contagia entusiasmo por el juego que despliega, pero sí interpreta lo que ancestralmente heredamos los futbolistas de este país.
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