Hinchada argentina: una minoría que viajó y alentó pero se fue decepcionada
No se callaron nada. Desde un sector de la tribuna América, los no más de mil hinchas argentinos cantaron, gritaron y por momentos se enojaron con su selección. Pero provocar a sus rivales fue a lo que más se dedicaron. «Plaza de Mayo es más grande que Uruguay» y «aprovechá ahora para mirar buen fútbol», fueron algunos dardos que lanzaron desde la tribuna visitante, que finalmente se fue «decepcionada por la calidad y el resultado del partido».
«Si no estuvo arreglado, se pareció mucho». Esta fue la sensación que se llevó del estadio Centenario el hincha argentino Juan Rodríguez. El, como tantos otros argentinos que alentaron a su selección desde un sector de la tribuna América, se fue «decepcionado». Pero «no enojado». A pesar de haber viajado desde Buenos Aires para seguir a su equipo, no lo ofuscó la idea de «que Uruguay tenga chances de entrar al mundial».
A las 0.30 horas, cuando el arbitro brasileño Wilson Souza dio por terminado el partido, en el lado argentino se escuchó de todo. Los más amigables se animaron a decir que «Uruguay ganó bien», pero aquellos que se fueron embroncados no se ahorraron ningún comentario: «¿Cuánto pagaron por este favor?» le preguntaron a los locales mientras los uruguayos los bañaban con refresco desde una tribuna superior.
Es que «Argentina no vino a ganar sino a jugar el partido y a esperar la respuesta de Uruguay. No llegó para complicarle la vida a la selección uruguaya», comentó ayer Federico Díaz, un argentino de 27 años que vive en Uruguay desde hace cinco años. Su esposa y su hijo son uruguayos, pero eso «nunca va a cambiar el sentimiento. Estés donde estés, el corazón es el mismo, es argentino». Por ser minoría en la familia, a veces se encuentra en inferioridad de condiciones. Por eso, antes de que Uruguay hiciera el gol, comentaba que «según el resultado del partido duermo en el living o en mi cama».
Padre e hijo, rivales
Los uruguayos de la familia de Federico no fueron ayer al estadio. Pero el hijo de Carlos, un cordobés de 50 años e hincha de Talleres, sí se animó a desafiar a la autoridad de la casa e ir a la tribuna de enfrente. A pesar de no haber jugado apuestas, el argentino pero residente en Uruguay desde hace 30 años admitió que le deseó suerte a su hijo. «Pero él a mi no me deseó lo mismo», aclaró.
No importa cuántos años hayan estado afuera de su país. La mayoría de los argentinos que residen en Uruguay fueron a la tribuna visitante, a pesar de que tuvieron que desembolsar 150 pesos más que los uruguayos para ir a la misma tribuna. «Quiero que gane Argentina porque sigo siendo argentino», soltó Carlos.
Sin embargo, una parte del corazón queda en Uruguay. Por eso casi todos dijeron no disgustarse en caso de que ganara la celeste.
Casi todos. Ana Urrestarazú y su hija Patricia Ferraro viven en Uruguay desde hace 15 años y estaban con Argentina a muerte. «Somos argentinas de corazón, por eso queremos que gane», expresaron antes de comenzar el partido. No estaban dispuestas a dar tres puntos, «aunque somos conscientes que no depende de nosotras por eso acá va a haber arreglo».
Las frases tales como «jueguen para adelante», «pateen al arco» y «pongan ganas» se escucharon seguido, sobre todo en el segundo tiempo. En un momento en que el jugador argentino Hernán Crespo tiró la pelota y rozó el travesaño, los comentarios eran coincidentes: «La tiró lo más arriba que tuvo para errarle».
La selección del Río de la Plata
Las sospechas de un «nuevo favor» de la selección argentina con sus hermanos uruguayos fue tal que hubo quien se animó a decir que «debería formarse la selección del Río de la Plata, así nos ahorramos estos partidos».
Los insultos entre los hinchas locales y visitantes por momentos se tornaron hasta graciosas.
Y un simpatizante uruguayo, de pelo largo y un rubio dudoso, se ubicó primero en el ránking de las gastadas. Le gritaron de todo. Desde «melena teñido» hasta encontrarle una semejanza con el hermano de Silvia Suller, Guido. Pero era parte de la
fiesta. Salvo algunos momentos de tensión cuando terminó el partido, que se escuchó el estallido de un vidrio y volaron algunas cosas desde la tribuna contraria, la hinchada argentina se mostró tranquila. Sí grito, sí cantó y sí provocó. Pero a las 0.30 eso quedó en el olvido. O mejor dicho en el recuerdo de quienes se animaron a ser minoría en un estadio donde se juntaron unas 65 mil almas rivales. *
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