Nadie es dueño de la verdad
En el fútbol, como en la vida, las idas y vueltas suelen ser extrañas y, muchas veces, no se les puede encontrar la explicación correcta.
Observando este Torneo Preolímpico se me han venido a la mente algunas situaciones que son desconocidas para el gran público y que han golpeado crudamente a algunos futbolistas.
Hoy, José Peckerman es una suerte de mito sagrado a nivel de las selecciones juveniles argentinas. Es obvio, sus resultados están a la vista. Sin embargo, él también es un ser humano y, como tal, comete errores y, en alguna oportunidad, tan graves como los de cualquiera.
Durante años Peckerman fue supervisor general de las inferiores de Argentinos Juniors. Como tal evaluaba futbolistas y resolvía si debían quedar en la institución o no.
Una vez debió decidir sobre el futuro de Julio César Dely Valdez. Su informe, aún hoy, en un escritorio de Roberto Tessone, por entonces, presidente de la Comisión de Fútbol de Argentinos Juniors, decía, palabras más, palabras menos: «Se recomienda dejarlo en libertad pues sus condiciones futbolísticas no se ajustan al estilo de Argentinos Juniors».
Defenestrado, Julio recaló en un oscuro club de provincia, como el Deportivo Paraguayo. Allí lo descubrió más que Nacional, Roberto Recalt, que leía todas las semanas que un tal Dely Valdez hacía goles todos los domingos, y un día lo trajo a Nacional.
La historia posterior ya es conocida, o casi, porque a los seis meses de estar en el club, estuvieron a punto de venderlo a Brasil por sólo U$S 35.000 porque en Nacional no tenía puesto.
Al pibe Ignacio Risso, delantero de Danubio e integrante de este plantel Sub 23, le pasó algo similar en San Lorenzo de Almagro. En enero de 1998, siendo aún jugador de Miramar, fue a hacer la pretemporada con San Lorenzo en Mar del Plata.
Por entonces, Mariani, hacedor de todos los pibes que el año pasado Ruggeri ascendió a primera, elevó un informe diciendo que «San Lorenzo tenía muchos como él». Como su pase valía tan sólo U$S 20.000 los dirigentes pensaron igual en hacer la inversión.
Lamentablemente ya había cumplido 20 años y, por la reglamentación argentina había que hacerle contrato profesional, por lo que iba a ocupar una plaza de extranjero que, obviamente el club no podía distraer con una promesa. Hoy, está en Danubio y en la selección y su techo no se conoce.
Walter Coelho es otro ejemplo. Vino a Peñarol a las inferiores, practicó, no gustó y lo dejaron en libertad de acción. De allí fue a Nacional y hoy no se conoce su precio.
Y de estos ejemplos hay muchos más, acaso por aquello de que nadie es dueño de la verdad y menos en fútbol.
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