El fútbol es un juego, no un juguete
Debido a este prolongado lapso donde no hay actividad, inconscientemente se entran a hacer balances sobre cosas que provocan, generalmente, confrontaciones, sin embargo, las actitudes no cambian, menos los hombres y los nombres que siguen en la cresta de la ola.
Las transferencias de Pablo García y Diogo confirman plenamente, que este fútbol esta poblado de cracks, que juegan en equipos locales muy malos y por supuesto, sobredimensiona la figura de «Paco» Casal, otorgándole la grifa del mejor vendedor de jugadores del mundo.
En el caso particular del referido contratista, su innegable talento para la tarea que ejerce lo llena de enemigos, pues hay muy pocos que le pueden establecer opiniones discrepantes sin caer en las garras de su entorno, que ofenden antes de que los ofendas.
Esos, con los mismos argumentos caducos y vulnerables, tratan de «alcahuetes» a quienes discrepamos con este poder irrestricto, que los habilitan para subir el pulgar y bajarlos según las circunstancias.
En nuestro país el fútbol te conduce y te expone públicamente.
Creen que ganando espacio a través de esta cierta notoriedad también generan prestigio pero el prestigio es otra cosa. Se consigue a través del tiempo, con una proyección profesional corroborada por hechos reales, tal es el caso de los entrenadores que se generan de la nada, como el caso de Julio Ribas.
Podemos discrepar de la forma de jugar de sus equipos esos son matices pero lo que no se puede dudar es de su productividad dirigiendo equipos. No eligen los «porrones» y le da lo mismo entrenar a River, Sud América, Peñarol, Bella Vista o Juventud de Las Piedras.
Su gestión asegura un rédito posterior, en el que, en este caso sí, el prestigio es innegable por las realizaciones del mencionado entrenador.
Me veo en la obligación de dejar constancia que no soy amigo de Ribas, que no comulgo con su forma de interpretar el juego, pero sí reconozco una cabal profesionalidad en lo que realiza como director técnico.
En épocas pasadas de éxitos, nuestro principal deporte se nutría de cazadores de talentos y todos con una idoneidad comprobada.
En cada barrio habían observadores que resaltaban por su rara captación de futuros valores y acá debo hacerle un modesto homenaje al «Bebe» Calacha, que por sus equipos no deben de haber pasado menos de 200 jugadores, que a la postre confirmaron en distintos niveles de jerarquía. Pero todos ellos jugando en Primera División.
El Alas Rojas del Cerrito de la Victoria, fue un permanente abastecedor de cracks, desde «Cococho» Alvarez, su hermano el «Chongo», Carlitos Paz, el magnífico puntero izquierdo «Cascarilla Morales, Federico Rodríguez, el «Bola» Arispe, el «Pocho» Posse, Water Audifred, conocido empresario deportivo en la actualidad y un volumen impresionante de jugadores que se me pierden en el tiempo y la memoria.
Eugenio Galvalisi, el «Pelado» Romero y Julio San Vicente en Nacional, Segundo González, en Peñarol y Danubio… todos ellos más allá del dinero que ganaban, demostraban una convicciones irrefutable, que se corroboraban en el tiempo, estos cambios de cuerpos técnicos enteros, no favorecen para nada una tan delicada misión como es elegir, seleccionar y reclutar a los mejores, a edades que solo los especialistas en la materia pueden realizar.
El fútbol es un juego, que por rara y compleja coincidencia se ha llenado de paracaidistas que lo confundieron con un juguete, donde todos se creen con capacidad para transferir, en muchos casos sin la adecuada experiencia, con la complicidad de dirigentes, que también desconocen los básicos ingredientes que fortalecieron la plataforma de nuestro fútbol. Sin embargo pareciera que no perciben que en las divisiones menores, se deben hacer las mejores inversiones, los más capaces deben de ser los elegidos, pero les tengo una mala noticia, nuestras divisiones inferiores está plagada de deficiencias notorias, sin vislumbrar de dónde puede venir la solución. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad