Las consecuencias jugaron contra Gustavo Méndez

Nuestro fútbol está plagado de misticismo, muy alejado de la realidad. Puntualmente nos referimos al partido de las eliminatorias pasadas en el que, según dicen, Argentina se autobombeó para que la celeste pudiera concurrir al campeonato del mundo; a este comentario yo le contesto que si Almeida le tira a pegar al horizontal intencionalmente, como ocurrió en el segundo tiempo, es un mago.

Lo peor de todo es que la mayoría de la gente le da un margen de credibilidad a semejante disparate; son hechos absolutamente casuales, en los que la impronta del propio partido de fútbol no permite encasillar y mucho menos anticipar resultados digitados. Todos estos comentarios de supuestos arreglos, lo único que consiguen es aumentar la desconfianza y alejar cada vez más al público de los escenarios.

Imagino que el partido de Nacional y Rocha se integra definitivamente a esta fábula de acomodos y desacomodos, que sólo existen en las mentes enfermas que tratan de encontrar coincidencias donde sólo el azar y los propios errores de jugadores y jueces propician incertidumbres por los resultados. Tal es el caso que nos atañe a los que presenciamos este partido; tres minutos antes de la finalización del mismo, el referido árbitro cobra un penal a favor de Rocha y aquí nuevamente la impericia del ejecutante, o los reflejos del estupendo Sebastián Viera, posibilitan que Nacional acceda a las finales del campeonato.

Si el penal se hubiera transformado en gol, Defensor estaría festejando el título, pues le resultaría imposible al club albo hacer dos goles en cinco minutos; de no mediar una acción extrasensorial no vemos la forma de inducir a Méndez, dentro del terreno de juego, a favorecer intencionalmente al tricolor.

De lo que sí estamos convencidos es que ni Larrionda, ni Olivier Viera, y mucho menos Gustavo Méndez, son originarios de la escuela de un Marino, Codesal, Bolo «Punch» Rodríguez, Bullosa, Barreto. Todos ellos también cuestionados en su momento, pero jamás con una incidencia tan descomunal en sus decisiones. Advertimos en estos actuales «pitos» un paralelismo muy especial; degeneran los partidos por un desgaste emocional incontrolable y parece que sufren una amnesia reglamentaria resolviendo a impulsos lo que deberían resolver a través de las reglas. Cobran cosas que sólo ellos ven.

Quienes tenemos una visión mucho más acentuada en la observación de lo que ocurre dentro de la cancha, favorecidos por una experiencia natural de participación, vemos que Gustavo Méndez, cuando cobra el penal a favor de Nacional, no encuentra un hecho puntual de infracción y mucho menos de una gravedad como para cobrar la pena máxima. Luego, en ulteriores declaraciones, dice que le advierte al defensor de Rocha que si sigue agarrando le cobrará penal; a esta altura del partido su desconcierto era fenomenal.

Un juez que no es para nada convencional, ya que eludió su etapa lúdica, porque él mismo dice que a los doce años, cuando todos son participativos en los diferentes juegos él ya practicaba el arbitraje. Indudablemente a Méndez se le podrá acusar de tener menos cabaret que la madre Teresa y un afán de protagonismo muy acentuado, pero le están errando feo cuando lo acusan de deshonesto. *

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