El sueño del hijo futbolista

«Había una vez…», es la forma en que tradicionalmente comienzan los cuentos infantiles, con el disparador de sueños que conllevan.

En el Uruguay de las últimas décadas, el gran disparador de sueños pasa por el proyecto del hijo futbolista.

En un país en que la trama social se ha destruido por la pobreza en que está inmerso nuestro país, el ideal de «mi hijo el doctor» pasó a «mi hijo el futbolista».

En esa situación del país, cuyo único ascensor social pasa por el deporte, existe en gran cantidad de casos, todo un proyecto familiar detrás del niño-adolescente de trece años que comienza en séptima de algún club profesional.

El producto final que se ve no es bueno.

Tenemos jugadores de selecciones juveniles que en muchos casos juegan bien, pero sus cabezas, sus mentes están verdaderamente «en otra».

Hay teóricos del fútbol que se llenan la boca hablando de las «cabecitas» de los jugadores que van surgiendo. Quizás alguien pretenda que sean universitarios.

Nosotros nos conformaríamos con que no estuvieran contaminados, que estudiaran, y que tuvieran otras apuestas de vida, que hicieran que su historia en el fútbol no pasara a ser una carga, en muchas oportunidades, difícil de sobrellevar.

Pero hete aquí que la vida de un muchacho que ingresa a séptima, es decir con apenas trece o catorce años, en edad de segundo de liceo, se debe enfrentar al siguiente panorama, que no todos conocen.

Yendo al liceo en el turno de la mañana, es decir levantándose en el mejor de los casos a las siete de la mañana, sale del mismo a mediodía.

A las dos de la tarde debe estar pronto en el lugar acordado para ser conducido o ir por las de él, hasta los centros de entrenamiento, para recién regresar con las primeras luces de la noche. De allí a los domicilios, a los que llegan aproximadamente a las ocho de la tarde, exhaustos, hambrientos y sin ningunas ganas de estudiar.

El régimen los margina de los liceos.

Pero lo peor es que los va relegando de cualquier otra expectativa de vida profesional futura, sin ser la deportiva.

El Consejo Juvenil obtuvo hace años en convenios con el Codicen que todos los jugadores de inferiores pudieran tener horarios que les permitieran entrenar, pero ello no alcanza.

Si a los trece años un niño-adolescente y su familia deben optar por su proyecto de vida, luego seremos rehenes de sus «verretines».

Luego vendrán a nivel de cuarta, con dieciséis o diecisiete años, las «dejadas libres». Anualmente quedan mil jugadores libres de esa edad, con sus frustraciones personales y familiares encima.

Pero lo peor, los que siguen, cuyo uno por ciento llegan a hacer una diferencia en el fútbol, son casi marginales culturales, y con un cerebro por el que solo pasa la idea de llegar a Europa.

No estamos dando opciones, pues las estructuras actuales marcan que con entrenamientos diarios y extensos, los muchachos deben resignar otro tipo de crecimientos personales.

Lo peor es que si ese entrenamiento profesional desde pequeños se viera reflejado en la cancha, no estaríamos de acuerdo, pero, vaya y pase, pero a su vez cada vez jugamos peor.

Quien siembra vientos, cosecha tempestades.

Si generamos «monstruos» deportivos, estamos perdiendo seres humanos. *

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