El libro del picaflor

Picaflor, ¿qué información tiene para regalarme hoy?

— Usted se ha puesto más fino que ratón de confitería. ¿Qué clase de información le interesa?

Una bomba que estalle y sacuda la modorra del fútbol uruguayo.

— A ver, a ver… Ta’, hace unos diez días, El Picaflor visitó la frontera norte del país…

No me diga más nada, anduvo bagayeando.–

— No señor, está injuriando y agraviando porque el Troquílido no trajo ni un paquete de ticholos de Rivera…

Bueno, vaya al grano y no se caliente.

— Cuando los socios, allegados, y ex dirigentes de Frontera de Rivera se enteraron de la presencia del plumífero, lo invitaron a un asado que, dicho sea de paso, era de excelente calidad. Una carne de exportación… Charla va, charla viene, los anfitriones le comentaron al plumífero que están trabajando de a poco, con el objetivo de reintegrarse al profesionalismo, cuando abandone la AUF la administración Figueredo.

¡No me diga!

— Están muy entusiasmados pero dicen que con esta organización y estructura no quieren volver a competir porque quedaron muy disgustados con el trato que les dieron. «Cuando uno se quema con leche, ve la vaca y se pone a llorar», comentó uno de los asistentes. Otro de los parroquianos que estaba en el asado, contó una anécdota que dejó perplejo al Troquílido.

Cuente, cuente.

— El hombre comentó en voz alta, mientras el asado se ponía a punto: «el fútbol profesional, está muy podrido. Hay muchos intereses en juego. A Frontera lo mataron; mejor dicho, lo mandaron matar. Y eso no lo decimos nosotros sino que lo dijeron los propios árbitros que se acusaron mutuamente. Acá, nos pasó una cosa insólita. Un día, nos aconsejaron y nos dijeron que si queríamos cambiar la pisada y empezar a mejorar los resultados, teníamos que darle plata a algunos jueces. Un día, un allegado se enteró que con U$S 3.000 se podía asegurar un resultado, se encontró con un árbitro en el Bar El Chupete, en pleno centro de Rivera y le entregó el sobre con la guita… Otra vez, nos pidieron la misma guita para arreglar un resultado para asegurar que no descendíamos y como no accedimos al planteamiento, marchamos nuevamente a la «B», comentaba el paisano, mientras se aprontaba el asado en la parrilla…

Esto que le contaron es muy grave, Troquílido.

— El hombre que relató el soborno al juez, era apoyado por otros comensales que agregaron datos concretos de cómo se plasmó la entrega de dinero. «Para despistar un poco y lograr que las miradas convergieran en el preciso momento que se entregó el dinero, llevaron a una rubia despampanante que se robó las miradas. Aprovechando esa maniobra, el juez agarró el sobre con los U$S 3.000 y se fue a dormir al hotel, porque al otro día se jugaba el partido», acotó el riverense, que bebió un sorbo de vino y provocó hilaridad en los presentes. La anécdota, es que el equipo jugó tan mal ese partido, que el juez no sabía cómo «ayudarlo». ¿Qué me dice?

Tire la cadena Troquílido, que no soporto más el olor. *

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