EL GOL DE VIERA EN LA HORA DESATO LA GRAN LOCURA

Entre el viento y el agua Danubio alzó la copa "en su tierra"

Muchos de los que saltaban, reían y gritaban al término del partido ni siquiera habían nacido la primera vez que Danubio consiguió coronarse Campeón Uruguayo, y buena parte tendría apenas unos pocos años, por lo que para un porcentaje importante de la hinchada danubiana la victoria de la víspera equivalió a «tocar el cielo con las manos» por primera vez. También estaban los más veteranos, los que veían repetirse las mismas emociones que los dominaron en aquel lejano 1988, cuando prácticamente nació aquello de «el Danubio y su ballet.»

 

Más allá de los que heredaron la pasión por «la franja» por haber nacido en la zona de influencia del club, muchos han elegido ser hinchas de Danubio como una opción de vida futbolera, dominada por el gusto por el buen trato de pelota y por apostar siempre por los que juegan bien. En base a ello los albinegros hoy tienen seguidores en todos los barrios, por eso no extrañó que desde todos los rincones de la ciudad surgiera el festejo alborozado una vez terminado el cotejo.

 

El equipo de Pelusso logró ayer enterrar todos los fantasmas que los acechaban, pues en el ambiente del fútbol los de La Curva eran catalogados como un equipo que siempre le faltaba «un gramo para el kilo» o que siempre quedaba a un paso de cosas importantes. La forma en que logró la victoria en la víspera, ganando cuando muchos ya anunciaban el tercer partido, en los descuentos, no sólo echó por tierra todo tipo de comentarios tendenciosos, sino que además dimensionó esa imagen de invencibilidad que adquiere en su cancha.

 

A la hora de comenzar el partido el cielo sobre Jardines del Hipódromo amenazaba con «derrumbarse» en cualquier momento, y a la distancia –detrás del arco donde estaba la hinchada tricolor– había adquirido un color que hacía temer por lo que vendría luego. La amenaza de tormenta se completó con un viento de gran magnitud, que obligaba a los encargados de la manga por la que salen los jugadores a sentarse encima para que no se volara.

 

Banderas y papeles también volaban de un lado a otro, mientras las nubes pasaban a gran velocidad por encima del escenario; a los dos minutos de juego comenzó la lluvia, pero el viento fue el gran enemigo de los futbolistas durante todo el primer tiempo, condicionando el desarrollo del partido ya que la pelota se frenaba cuando viajaba por el aire. En el segundo tiempo aplacó en parte pero había incrementado la lluvia, por lo que la cancha se hizo mucho más rápida alterando también el trámite normal del juego.

 

Además de la amenaza atmosférica, otro elemento que conspiró para una mayor concurrencia al partido fue la paralización del transporte que había comenzado a la mañana, pues la merma de las unidades de ómnibus fue tal que muchos aficionados retornaron desde las paradas nuevamente a sus casas.

 

Completando la escena de misterio antes del comienzo del cotejo, los técnicos de ambos equipos colaboraron poniendo dudas sobre la integración de sus oncenas que se aclararon recién minutos antes del partido. De León había confirmado el mismo equipo que jugó el domingo, pero todo hacía prever que alguna variante realizaría, hecho que se confirmó cuando Eguren y Medina aparecieron entre los titulares. Por el lado de Danubio, la sorpresa fue la presencia de Lima, a quien se había descartado en primer momento, aunque vale resaltar que Pelusso nunca lo descartó.

 

Nacional cambió su indumentaria para este encuentro argumentando una cábala de sus jugadores, que decidieron acompañar a la camiseta roja de alternativa con pantalón y medias blancas, en vez de los azules que lucen habitualmente, quedando comprobado –para los cabalistas– que ganan más de lo que pierden vistiendo de esa manera. En los últimos tiempos apenas ganaron una vez, en un partido de visitantes por Copa Libertadores: en el resto de los cotejos siempre recibieron resultados negativos.

Después del gol Risso entretuvo a Silvera preguntándole cuánto faltaba para terminar. Inmediatamente vino una corrida de Méndez por derecha que paralizó los corazones danubianos hasta que Barbat atrapando el balón los hizo volver a latir.

 

La hinchada de Danubio rompió con cantos contra sus ocasionales rivales calificándolos de «gallinas», pero además señalando que «sus hazañas, y sus glorias se terminan en la Curva de Maroñas».

 

En un momento de festejo, por el rincón que vendría a ser la Olímpica y Colombes del Centenario, se hicieron la «coladera» ante la pasividad de la guardia de Granaderos que sólo observaba sin llegar a actuar. De todos modos no era necesario porque sólo querían festejar.

 

Los que no quisieron festejar fueron algunos –pocos– inadaptados de Nacional, que no encontraron mejor forma de «calmar sus nervios» que arrojando botellas y algunos palos a la cancha. Cuando algunos danubianos quisieron responder algunos hinchas a empujones calmaron a los suyos. Vale destacar que la inmensa mayoría desalojó en calma el estadio Jardines.

 

Algunos hinchas que ingresaron al campo no quisieron perderse la oportunidad de poder llevarse un recuerdo para su casa. Algunos pudieron llevarse como trofeos algunas prendas de la indumentaria danubiana, en cambio otros se iban con algunos panes de pasto.

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