MIENTRAS LA MAYORIA APAGA, UNOS POCOS AVIVAN EL FUEGO

Bajos instintos

La violencia se ha instalado con inusitada importancia en nuestra sociedad y, como el fútbol forma parte de ésta, no puede escapar a ese flagelo destructivo.

Diversos estamentos del deporte, como los árbitros –víctimas propiciatorias de los últimos actos de tipo vandálico–, acompañados de sus asesores legales, doctores Larrañaga y De los Santos, la prensa a través del Círculo de Periodistas Deportivos, la dirigencia del fútbol –aunque no lo numerosa que era requerible ya que su único representante fue Nelson Spillman, presidente del Consejo Juvenil–, acudieron al llamado del ministro del Interior, escribano Guillermo Stirling, que también reunió en su despacho al doctor Milton Cairoli, ministro de la Suprema Corte de Justicia, al jefe de Policía de Montevideo y a los altos mandos, encabezados por el mayor Juan Carlos Cipollini.

Como ya se informó, la reunión fue positiva y se decidió actualizar un informe producido hace 14 años por diversas personalidades de distintos ambientes sobre la violencia en el deporte. Se estudiará el mismo por las diversas partes presentes en el Ministerio para adecuar ese estudio a la realidad actual, ya que en el tiempo transcurrido la situación varió bastante –para peor– con relación a lo que sucedía en el año 1986.

El escribano Stirling ya tiene un diagnóstico claro de la importancia del tema y se comprometió a enviar el nuevo informe que se produzca a los poderes respectivos para transformar ese proyecto en una ley que determine severos castigos para los infractores.

Pero, mientras tanto…

Se registran hechos que hacen comprobar a uno que la capacidad de asombro, que creía agotada, todavía recibe indicios nuevos, increíbles, preocupantes.

Resulta que, si bien autoridades y deportistas buscan soluciones que permitan apagar el fuego engendrado por los violentos y azuzado por los instigadores, existen otras figuras actuantes en el deporte que obran en sentido contrario, avivando las llamas y procurando confrontaciones por el solo hecho de creerse superiores a los demás, preñados de vanidad y soberbia, dueños absolutos de lo que consideran la única e indiscutible verdad.

El señor Hugo De León –director técnico por imposición de la directiva y no por tener título habilitante– hace tiempo que ataca sistemáticamente a algunos periodistas, a los que «acusa» de ser partidarios de Peñarol. Primero generalizó y no fue directo, hablando de «gente que busca que deje de dirigir» a su club y otras incoherencias por el estilo, pero ahora dio nombres e involucró en sus supuestas razones a la profesionalidad de algunos cotizados hombres de prensa.

Como estamos en democracia, los aludidos se defendieron, y en algunos casos contraatacaron. La cosa hubiera quedado allí si no fuera que De León entendió que lo actuado no alcanzaba y arremetió otra vez con su descontrolada verborragia. Algunos dicen que es frontal, que no se hace querer porque dice lo que piensa, que es directo. Nadie duda que sea así, sólo que para convivir en una sociedad hay que ceñirse a ciertas reglas de urbanidad, como comprender que el derecho de uno termina cuando empieza el de los demás.

La intención de esta nota no es hablar del señor De León. Si lo hemos citado es como ejemplo de lo que no debe hacerse cuando la gente racional intenta bajar la pelota al piso, parar la mano, que los instigadores de diverso tipo que trabajan de eso en el medio, utilizando la mente enfermiza de los que concretan la barbarie para saciar sus bajos instintos, sean combatidos con firmeza para que las familias vuelvan al fútbol sin riesgo alguno. La esperanza está puesta en ese trabajo que se está haciendo y que recoge, entre otras cosas, métodos utilizados con éxito en otros países contra este tipo de delincuencia.

Seguramente, cuando salga la anunciada Ley, hasta los inadaptados de bajos instintos comprendan que ha llegado la hora de terminar con la violencia. Como dijo el ministro Stirling, «hay que tomar medidas en serio para evitar que en lugar de reunirnos aquí debamos hacerlo en una sala velatoria».

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