El fantasma del "Maracanazo" volvió a desvelar a los brasileños
Dentro de algo más de dos semanas, exactamente el 16 de julio, se celebrarán cincuenta años de la más importante proeza de la enseña color cielo, cuando once leones tomaron por asalto el feudo del invencible Brasil, infligiéndole la más traumática derrota de su gloriosa historia.
Allí, en las graderías del coloso de cemento, estaban nuevamente como hace medio siglo, nada menos que Roque Gastón Máspoli, Alcídes Edgardo Ghiggia y Tejera, tres de los baluartes de esa victoria inolvidable que aún atesora la memoria colectiva.
Sin los pantalones cortos pero con la misma emoción de siempre y peinando canas, los tres regresaron a ese santuario del fútbol mundial: el Roque de las magistrales atajadas, el Tejera del indomeñable temperamento al servicio del colectivo y el pequeño gran Ghiggia, el operador del milagro que dejó afónicos a los uruguayos y enmudeció a 200.000 gargantas brasileñas que se aprestaban a celebrar la conquista de su primer título mundial.
Aquí en Montevideo, Julio Pérez, otro de los campeones de esa mágica tarde del 16 de julio de 1950, se quedaba sin ver el partido por prescripción médica. «Es que tiene problemas cardíacos y se emociona mucho», confesó un familiar a LA REPUBLICA.
Cuando el árbitro colombiano Oscar Ruiz pitó el comienzo de la lucha, todo Uruguay detuvo abruptamente su marcha como intuyendo un milagro.
A miles de kilómetros de distancia, cincuenta años después, los fantasmas de la tragedia y los ángeles de la gloria se instalaban en el monumental Maracaná. Aunque la estadística histórica es claramente favorable a la casaca auriverde, el trauma del histórico «Maracanazo» se volvió a instalar en el corazón de más de cien millones de brasileños.
Cuando Darío Silva definió en forma excepcional luego de una espectacular corrida, Maracaná quedó como paralizado. Mientras un país entero vestido de celeste estallaba en una prolongada ovación, la pesadilla caía abruptamente sobre las cabezas de los brasileños.
Luego de tanto tiempo, la herida volvía a abrirse y a supurar como en el pasado.
El estigma, que se ha venido transmitiendo de generación en generación a través de la tradición oral, volvía a aflorar luego de exactamente medio siglo.
Esa tan temida garra charrúa que nació en 1924 en la gloriosa gesta olímpica de Amsterdam, le estaba ganando la batalla al tiempo, al desencanto y la desesperanza. Once atletas vestidos de celeste, pugnaban por derrotar al gris recuerdo de tantas derrotas y frustraciones, en el mismo santuario de la hazaña.
Esa camiseta que vistió hace medio siglo el gran Roque Máspoli, ahora fue enfundada por el juvenil Carini, un chiquilín con pasta de crack que demostró tener una estrella propia.
Arriba, en su lucha titánica contra los zagueros brasileños, el vertiginoso Darío Silva vestía los ropajes del «verdugo» Ghiggia, compliendo con el imperativo mandato histórico de humillar a Brasil en su propio y habitualmente inexpugnable feudo.
En la noche carioca con olor a tragedia brasileña y proeza uruguaya, volvió a planear la espectral imagen de Obdulio Jacinto Varela, el gran «negro jefe», que seguramente observaba el titánico duelo desde el universo de los inmortales.
En la cancha, el inexpugnable Paolo Montero, luciendo en el brazalete del capitán, demostraba en cada trancada que la mística está vigente.
El «Chino» Recobra, aún con esa inspiración que aparece por ráfagas, «robaba» para sí la pelota.
Hace cincuenta años, el maestro Juan Alberto Schiaffino, también con el número diez sobre su erguida espalda vestida de celeste, manejaba los hilos del partido como si se tratara de un titiritero, hasta clavar esa boleta impresionante en el arco de Barbosa que comenzó a edificar el milagro.
Historia recurrente de victorias y derrotas, de glorias, alegrías, lágrimas de tristeza y júbilo. Esa es la esencia del fútbol que, más que un deporte, es un auténtico fenómeno sociológico.
Ni el irracional fallo de un colombiano al que le pesó la responsabilidad de arbitrar en Maracaná, logró desmoronar la intransferible sensación de que el milagro estuvo cerca.
Durante noventa minutos, tres millones de uruguayos olvidaron la alta tasa de desocupación, la congelación salarial y la casi nulas respectivas de desarrollo.
Todo un pueblo, que vio la proeza muy cerca, recuperó su identidad, esa acendrada tradición de lucha que nos identifica a todos los uruguayos.
Anoche, Uruguay fue Peñarol, Nacional, Danubio, Defensor, Bella Vista y todos las enseñas que compiten cada fin de semana en nuestras canchas. Tampoco tuvo colores políticos definidos, credos ni religiones, porque la celeste lo monopolizó todo.
Fueron noventa minutos de sueños y quimeras, en los que se arañó la hazaña.
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