La mágica noche del Pato
Por JULIO CIFUENTES
Ya está. Cerrá y vamos. Pocas cosas tan emotivas como la fiesta de anoche podemos esperar. Nunca, o muy pocas veces, el césped del Centenario recibió tanto talento junto, ni fue pisado por tantos elegidos del fútbol como anoche.
En contadas ocasiones el Centenario encerró tanta emoción junta en sus tribunas, y en el propio campo de juego. Fue una noche de emociones encontradas, de alegría y de tristeza, de admiración y de impotencia, ante el adiós de un grande.
Antes de empezar el partido, la primera emoción de la noche la marcó el despliegue en la Tribuna Amsterdam de una inmensa bandera con forma de camiseta aurinegra que llevaba el número 11 y la inscripción «Pato… gracias».
Llegó el momento de comenzar el partido homenaje, y apenas apareció por el túnel la diminuta figura de Aguilera, el Estadio estalló y comenzó a vivar al ayer capitán de Peñarol. «No se va, el Pato no se va…» repetía una y otra vez el coro que hacía poner la piel de gallina.
Un momento increíble. Soñado. Pero era verdad. De un lado, el «Pato» jugando otra vez, por última vez en Peñarol, y del otro, Carrasco, «Pepe» Herrera, «El Flaco» Enzo, y Diego.
Un momento mágico, que sólo con el pasar de los años podremos valorar, cuando extrañemos a esta generación fabulosa de jugadores. Muy probablemente, pudo ser esta la última oportunidad que hayamos tenido de ver jugar en nuestro templo, en el Estadio, a estos magos del fútbol, vistiendo los pantalones cortos.
Quienes tuvimos la suerte de estar en el Estadio, intentaremos fijar para siempre en nuestras memoria esas dos o tres paredes entre Maradona y Francéscoli, ayer vestido de «uno más» en la fiesta de su amigo; los goles del Pato, uno con cada pierna, los últimos de tantos que hizo en su carrera, y el gol de Diego, que con su zurda prodigiosa colgó la pelota en el ángulo de la Amsterdam.
Pero lo que no podremos olvidar seguramente será la imagen del Pato, de Carlos Alberto Aguilera Novas, parado solo en la mitad de la cancha. Solo, pero con un montón de amigos cerca. Solo, pero con el cariño de miles y miles de personas. Estar ahí, y evitar que se te llenaran los ojos de lágrimas, era prácticamente imposible.
El Pato no pudo tampoco contener el llanto. Comenzó a dar una vuelta olímpica, como tantas que ha dado, pero esta vez lenta, con paso cansino, como no queriendo irse. Sabía que esos eran sus últimos segundos como jugador dentro de una cancha.
Eran los últimos instantes de alguien que le dio muchísimo al fútbol uruguayo, que ha dejado afectos en todos los lugares donde ha estado, y que se ha ganado el respeto y el cariño de todos.
Algunos dicen que lo vamos a extrañar. Imposible, porque quien ha quedado metido tan adentro de los corazones, no puede irse.
Hasta en su despedida, cuando él debía ser el homenajeado, nos siguió dando alegrías; nos dio una noche mágica, nos acercó a los máximos ídolos futbolísticos de los últimos tiempos, Enzo y Diego, y con su propio llanto, nos hizo emocionar casi hasta las lágrimas.
Gracias Pato, y hasta pronto.
Compartí tu opinión con toda la comunidad