Adagio en mi país
«En mi pais que tristeza…..», decía Don Alfredo Zitarrosa en Adagio en mi país.
Lamentablemente, del árbol caído futbolístico celeste, todo el mundo saca leña, y nuestro pueblo sufre.
Todos los que vivimos el partido contra Colombia frente al televisor, fuimos víctimas de un sentimiento importante de impotencia, y según confiesan los periodistas que estuvieron allí de cuerpo presente, de vergüenza.
La capacidad de asombro de nuestra afición pareciera no tener límites.
Lo peor de todo, es que no hay un rumbo cierto hacia donde apuntar esta nave.
El técnico celeste, un buen tipo, un gran ser humano, es el primero en estar sobrepasado por la situación. No obstante, y como corresponde a un responsable de un grupo humano, cargo con la responsabilidad, mas allá de que no fuera suya la culpa de que los jugadores caminen por la cancha.
Vendrán ahora aquellos que busquen las soluciones mágicas, y en muchos casos absurdas. No obstante, el nivel de la competencia local no permite pensar en un combinado exclusivamente de jugadores del medio. Solamente alguien que no sea habitué del fútbol local, puede llegar a pensar que en el Uruguay puede estar la base de una selección que aspire a algo.
Nuestros tres representativos en la Copa Libertadores no obtuvieron grandes performances.
No clasificamos a los últimos mundiales juveniles Sub 20 y Sub 17. Son demasiados indicios, los que llevan a la conclusión, de que nuestro fútbol padece su peor crisis desde su ingreso a la era profesional.
Pensamos que no existe una sola causa de la situación actual, ni un solo antídoto para el mal que nos afecta.
Estará en todos, en la medida de sus roles, de sus posibilidades y de sus aptitudes, asumir un viraje de timón, para que conduzca al fútbol uruguayo, no ya al Mundial de Alemania 2006, situación casi imposible a esta altura del partido, sino a la propia subsistencia de nuestro fútbol. *
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