La condena de los inocentes
«Señor Ministro: ¿acabaremos con la inflación durante su gestión, o ese fin será consecuencia posterior de su administración»; «Señor Presidente: el tema de los derechos humanos, ¿lo resolverá Ud. en estas horas o recién a fin de semana?»; «Señor actor: la presente ¿es la mejor actuación de su carrera, o cree que podrá destacar todavía más?». «Señor cliente: ¿es el que le vendemos el asado de su vida, o cree que el que le venderemos mañana será mejor aún?»
¿Preguntas ridículas, cree el lector?
Pruebe entonces con estas: «señor/a: ¿por cuántos goles les ganamos esta noche (mañana, pasado) a los venezolanos?; «señor dirigente: después de este partido, ¿cuál cree pueda ser comprometido para la Selección?»; » señor jugador: ¿usted cree que clasificaremos primeros, segundo o terceros en el grupo América del Sur?». «Señor de la AUF: ¿usted cree que debemos golearlos, o concederles la honra de volver a Venezuela, con pocos goles en contra?».
Al lector que le parezca que las preguntas del primer párrafo son capciosas, sino ridículas, bien podría preguntársele por qué se dejó contagiar con el burdo entusiasmo de la segunda tanda de interrogantes.
Porque palabra más, palabra menos, eso fue lo que hizo buena parte del periodismo deportivo en los últimos días con cuanto entrevistado de fuste, medio pelo, o vox populi se le pusiera delante.
Bien podrían ahora, asignarle la culpa a los políticos, argumentando una mimetización por estas fechas con los líderes absolutos de prometer lo que no va a ocurrir. No es excusa. Los políticos, obtienen pingües beneficios por cada ilusión vendida.
Sería pésimo de parte de quien escribe, confundir la derrota con el mensajero. La prensa deportiva no es culpable de esta vergüenza. Casi toda lo es, si, de habernos mentido infamemente sobre las posibilidades del triunfo. De habernos vendido espejitos a inocentes, que confiábamos aullar otra vez: «Â¡Soy celeste!», buscando exorcizar tanta otra mierda. Pero era la misma. *
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