OPINION

Otro quiebre cultural

Lo ocurrido el miércoles en el estadio Centenario se convirtió, para los uruguayos, en una fractura cultural que algunos que saben de estas cosas, deberán analizar en profundidad. Al término del lamentable encuentro de fútbol en que el equipo de JR desmoralizó a miles de uruguayos que  más allá del raciocinio  esperaban otro resultado. Vimos en la calle caminando cabizbajos, a hombres y mujeres de todas las edades, a niños, enfundados en camisetas celestes, que unas horas antes, buscaban una alegría que nuevamente se les negó. Alegría que en este país, cada vez, se está volviendo más esquiva. Eran caras largas, que se amoldaban a la grisura triste de una Montevideo agobiada por los problemas.

Había allí personas que seguramente ahorrando peso a peso, habían podido hacerse de una entrada y que fueron defraudados en sus sentimientos más profundos.

Quizás los que caminaban por Garibaldi, quizás por el esfuerzo por ver a «los celestes» ahora les impedía contar con lo suficiente para el ómnibus.

Fue cuando pensamos en los valores de un país, en los símbolos de una nación otrora próspera, de campeones del mundo (claro que sí), que en su momento pudo sacudirse a una dictadura feroz que la aplastaba y puso sus esperanzas en un devenir que se encausaba dentro de la democracia.

Y esa esperanza fracasó. Quedaba para la alegría el fútbol, la celeste del pasado glorioso, una camiseta color cielo que supo ser símbolo de victoria en mil batallas futbolísticas. Pero, lamentablemente, ese regodeo en el pasado determinó que muchos olvidaran que el deporte es presente y que la alta competición es producto de técnicas adecuadas, de estrategias colectivas modernas y que en ello hay pocas cosas para inventar.

Lo ocurrido el miércoles en el Estadio fue quizás un punto de inflexión. Una fotografía del final de un bien común que los uruguayos también hemos perdido, pisoteado por quienes creen que el mercado es todo y que manejan a su arbitrio un deporte que tiene, como lo vemos a diario en la reiteradas transmisiones desde otros confines, exigencias que en Uruguay no son hoy posibles.

Los uruguayos que caminaban por Garibaldi el miércoles, con su tristeza a cuestas, arrastrando banderas de la patria, o enrolladas sobre sus hombros, eran la contraparte de un modelo que utiliza el exitismo como gancho para incautos, situación de la que son responsables siempre los mismos personajes.

Destituir al director técnico, un personaje patético de soberbia impostada, no es más que otra engañifa, una jugada gatopardista para tratar de seguir tirando de la cuerda para que el negocio lo sigan haciendo unos pocos, y en definitiva, todo continúe como está.

En una ocasión hablamos con el por entonces presidente Julio María Sanguinetti, sobre una posible intervención de la Asociación Uruguaya de Fútbol, centro en aquel momento de otro escándalo, pero el mandatario planteó sus razones en contrario. «Los uruguayos desde ese día me reclamarán ganar, y para que eso sea posible, en este país tienen que cambiar muchas cosas».

Claro, era la reticencia de un hombre conocedor de los entretelones de una actividad que ha hecho crisis. Luego del desastre del miércoles, sin duda, rodará la cabeza de Juan Ramón Carrasco pero no habrán soluciones para el conjunto. Porque el fútbol ha dejado de ser un deporte, es simplemente un negocio que desde hace tiempo carcome una actividad que, pese a su declive, seguía siendo la alegría de los uruguayos. Unas de las últimas

Y hasta eso se terminó. *

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