Derecho de ilusión
Que Fénix, finalmente, ganó bien el partido es incontrastable.
Quien quiera encontrar pelos en la leche, los puede encontrar, pero quien quiera encontrar razones para la victoria de los de Capurro el domingo a la noche en el Centenario, tendrá menos trabajo.
Sin embargo, el punto que me interesa es uno que si bien, no tenemos certezas que cambió el rumbo de los acontecimientos, sí modificó el margen de posibilidades que los «patas blancas» enarbolaban hacia el empate.
Esto es: nadie puede asegurar que Plaza iba a empatar el partido en alguno de esos embates de Lugano yendo al área contraria con la lanza en la mano.
No es posible afirmar que finalmente una gambeta de Baldi iba a terminar por desparramar definitivamente a Caro y conseguir la igualdad.
¿Quién se atrevería a asegurar que en el minuto 90, Bogliacino podía aprovechar lo que antes desaprovechó, desde media distancia o dentro del área chica?
Ni el propio Bogliacino.
Estoy hablando de la jugada del segundo gol albivioleta, puntualmente.
Vigo, el arquero coloniense, abandona el área para ir a buscar un córner que Caro devuelve rápidamente hacia Saralegui, este lucha sobre la derecha, amaga frente al mismo Vigo que al retornar pretende cerrar pero no lo consigue. Saralegui la mete para Hornos y el goleador desde treinta metros remata con el arco libre. Hasta aquí todo bien. Aparentemente.
Porque cuando Saralegui, la pone para Hornos, este no está habilitado aunque lo parezca.
¿Qué ocurrió? Que como Vigo había quedado en el círculo central, cuando parte el pase de Saralegui, entre Hornos y la línea de gol, sólo estaba González. Y el reglamentp es muy claro que debe haber dos jugadores habilitando al que recibe. No necesariamente tiene que estar el arquero pero, sí necesariamente tiene que haber más de un jugador.
De lo contrario es off side, como ocurrió sin que el juez asistente Sacarello lo advirtiera.
El error es muy grave.
Pero no porque cambien, insisto, el rumbo de los acontecimientos.
La presunción de que el partido estaba decidido ya la teníamos casi todos. Y tenemos derecho a esa presunción, salvo que seamos jugadores de Plaza.
Porque ellos tenían la ilusión de que empatarían. Para eso derrochaban sus últimas fuerzas como quien ofrece hasta su sangre por conseguir lo que busca.
Y, esa ilusión de los jugadores (fundamentalmente ellos, porque son los que estaban «haciendo el gasto») no hay derecho a enterrarla.
El espíritu último de cualquier reglamento es el de asegurar la justicia en el desenvolvimiento de cualquier actividad.
Y si bien en esta jugada se violó el reglamento por parte del juez de línea creo que lo más grave no es justamente esto, sino que se le clavó una puñalada a la ilusión coloniense.
En su más íntima conclusión, los jugadores del equipo de Diego Aguirre, pueden reconocer que ya no tenían cómo empatar el partido. Pero enhiesta mantenían una bandera.
Esa que sostenían desde el esfuerzo conmovedor de su capitán, desde la zurdita de Bogliacino, desde las subidas de Domínguez o de la búsqueda de un cabezazo inolvidable de Espinel.
El dolor de ese puñal, no tiene que ver con que el resultado del partido lo decidiera el juez asistente.
Sino con que cuando todavía había tiempo, cuando todavía había vida, cuando todavía tenían una gota de sudor para ofrecer, le amputaron el sueño.
Y nada duele más que un sueño mutilado. Ni siquiera un resultado en contra. *
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