El oro y el barro

Martes 10 de diciembre de 2002 | 8:47
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Es una cuestión de jerarquía. Y contra eso no se puede o al menos es muy difícil, casi imposible, sobre todo si los aspectos que parecen ser manejados por el azar, como las hojas por el viento, también responden a comportamientos caprichosos y adversos.

Desmentida jerarquía en muchos pasajes del año, por los problemas que ha tenido que resolver (y no siempre pudo) este plantel de Nacional.

Pero la jerarquía, por suerte; para los que somos capaces de apreciarla y disfrutarla, no se agota, no desaparece, no deja de estar, solamente, es posible desmentirla.

Esa condición que distingue a unos seres de otros y que tiene que ver con su talento, con su capacidad intelectual, con la templanza para estar sereno aún cuando el pulso diga lo contrario, con la posibilidad de resolver situaciones en las que aquellas manifestaciones emocionales como lo es la angustia o la incertidumbre paralizan, inmovilizan, es la que le permitió a Nacional imponer una superioridad futbolística necesaria para ser campeón.

Tal cosa es una propiedad intrínseca de este grupo de personas.

Pesan los años, la experiencia, el oficio, la clase y fundamentalmente entender que la ropa que están vistiendo en ese instante, conlleva algo más que decir: estamos vestidos.

En realidad están vestidos de Nacional.

Y estar vestidos de Nacional, significa estar a la altura de unas circunstancias históricas muy ricas.

No cualquiera puede. El que lo consigue, tiene el oro en sus manos.

Los jugadores campeones hoy, en algún momento del año resolvieron tomar medidas de índole gremial porque el pago de sus salarios no fue cumplido en tiempo y forma.

La medida es acertada por donde se la mire. Se había estado cerca de un objetivo internacional, jugando muy bien hasta el último minuto de aquel partido con Gremio.

Los dirigentes no respondieron de la manera que correspondía.

Porque no pudieron más que porque no hayan querido.

Pero las obligaciones están para ser atendidas.

Un compromiso se rompió y no había sido hasta entonces el asumido por los futbolistas.

Sin embargo, cuando la copa Sudamericana estaba llegando a instancias decisivas, y el dinero seguía sin aparecer, los jugadores priorizaron sostener la medida y desatendieron obligaciones profesionales que los terminaron condenando.

Porque en el segundo tiempo del partido contra los colombianos, el Nacional criollo no levantaba las piernas.

Exageración de confianza. Aquel partido clásico que ganaron dos a cero y los consagró campeones del Apertura, los hizo excesivamente crédulos de que podían resolver todo: campeonatos y reclamos.

La circunstancia los superó, por la sencilla razón que cuando hay dificultades para vivir, no se puede preservar la cabeza de las presiones, por más que se piense lo contrario.

Vino la debacle y la goleada clásica que dejó a los tricolores revolcándose en su propio barro.

En alguna ocasión le reclamamos en este mismo espacio a Carreño, que debía ser conductor además de director técnico de un equipo. Eso, lo de conductor implicaba otras cosas, como aquellas que hacen a la vida extradeportiva de un grupo de futbolistas, pero que necesariamente influyen en el rendimiento puramente deportivo.

La jerarquía que vale como el oro, apareció frente a Danubio, el miércoles y el domingo otra vez. Por eso es campeón.

Del barro salió cuando menos se lo pensaba.

Por esto también es campeón.

Cuando se es campeón pasando por el barro para llegar al oro, la música que acompaña invita a pensarlo en términos épicos…

Y está bien que así sea. *

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