Los jugadores solos
Aunque siempre pusieron por delante el enorme respeto que le tenían a Danubio en estas finales, los futbolistas tricolores sabían que podían ser una vez más los campeones uruguayos. Estaban convencidos, desde hace un buen tiempo, que terminar el año con vuelta olímpica dependía solamente de ellos, pues si en estas finales alcanzaban el rendimiento que tuvieron en otros momentos del año, el título estaba al alcance de la mano.
Sabían que tenían las condiciones para hacerlo, pero aunque eso obraba en su favor, llevaban un gran lastre en contra que los obligaba a quedarse con el título necesariamente. Dentro de la cancha cada futbolista albo debería entregar absolutamente todo, pues si fracasaban en su intento de llegar al campeonato, con seguridad muchos iban a recriminarles algunas actitudes que tomaron fuera del campo, fundamentalmente las decisiones de no concentrar y no realizar entrenamientos en doble horario durante buena parte del año. En cada conversación distendida con algún integrante del plantel, fundamentalmente con aquellos que su carácter los lleva a ser más «abiertos», podía notarse por un lado la tranquilidad por la confianza por sus fuerzas, pero también una gran tensión por la responsabilidad asumida de quedarse con el cetro. La eliminación de la Copa Sudamericana fue un golpe duro, la derrota clásica también, pero fue después de ellas cuando el plantel hizo «un pacto» en una de sus tantas reuniones, en el que se comprometió a ser el mejor del Uruguayo.
«Los de afuera son de palo»
El grupo tricolor decidió irse a Maldonado la semana previa a los encuentros finales, con la intención de prepararse física, futbolística y mentalmente para los dos partidos, intentando al menos por siete días olvidarse de todo lo extradeportivo, alejándose del entorno de la capital, de las críticas de algunos hinchas, de los dirigentes del club y en parte de los medios de prensa. Decidieron estar «solos» para preparar los últimos partidos del año, aun cuando para ello debieron costear ellos mismos la estadía en La Posta del Lago.
El ómnibus de Nacional, tanto cuando trajo al plantel desde el este como cuando llevó a los jugadores al Estadio, fue testigo de la confianza de sus ocupantes, la mayoría de los cuales — mientras varias cumbias sonaban «al mango»– metían su cabeza de lleno en el partido. Apenas llegaron al Centenario, se metieron en el vestuario reapareciendo recién cuando fueron a realizar el calentamiento: no había chistes, bromas, ni tiempo para notas antes del partido, solamente pensaban en esos noventa minutos.
Atrás habían quedado la lesión de Alejandro Lembo, la rotura del tendón de un dedo del Chengue, las dudas sobre la presencia de Curbelo y las cábalas de Fernando Machado, que quería una camiseta con cualquier número que no fuera el 23 (el que ha usado habitualmente), porque últimamente no le fue bien. Solamente querían ganar, aunque el empate les servía.
Cuando volvieron de la cancha, ya con los trofeos en su poder y la satisfacción del deber logrado, otra vez decidieron vivir el momento a solas, ya que pidieron que los dirigentes presentes en el vestuario se retiraran del mismo, porque ése era un momento en que el plantel quería celebrar íntimamente; en ese momento, en las cercanías del camarín tricolor se encontraban el presidente Eduardo Ache, los vice Morgan Martínez y Víctor Della Valle, Miguel Pedrín Deus, Daniel Barreiro, Carlos Rodríguez Batlle, Walter García Torres, y los delegados Alejandro Balbi y Hernán Navascuez.
También los integrantes del cuerpo técnico se fueron rápido, luego de festejar la coronación desde el costado de la cancha, y prácticamente no estuvieron dentro del caluroso recinto ubicado debajo de la Tribuna América.
Por algunos momentos, los jugadores volvieron a quedar «solos» dentro del vestuario, antes de que conjuntamente con los medios de prensa ingresaran una buena cantidad de hinchas y algunos visitantes «ilustres», como Gustavo Varela, Diego Scotti y Ruben Sosa. «El Principito», junto a Damián Rodríguez, ya había estado visitando a sus ex compañeros en La Posta.
Por la noche, el festejo también fue «a puertas cerradas», esta vez en un club de pesca de la zona del Parque Rodó.
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