Suppici Sedes en el recuerdo de su gente
La amable y oportuna nota enviada por el lector Dante Rasenti nos permite recordar el desgraciado accidente sufrido en Chile por el piloto compatriota Héctor Suppici Sedes, en el cual nuestro representante perdiera la vida.
La nota del lector vino acompañada por un artículo publicado en la revista argentina El Gráfico, redactado por el inolvidable periodista compatriota Ricardo Lorenzo «Borocotó», cuyo texto reproducimos textualmente a continuación.
«Todo el mundo habla del Gran Premio porque en él los corredores se juegan la vida. Y el pueblo admira a los guapos. Cuando cae uno de ellos la congoja nubla aquel otro sentimiento de admiración, pero la nube pasa y el nombre del caído se ha incorporado al núcleo que se menciona con unción respetuosa, rindiéndole culto.
Hay que ser tan fuerte para afrontar estas impresiones como ellos mismos supieron serlo para mirar cara a cara el peligro. Pero no todos tenemos esa fuerza. Y hasta nos parece increíble que pueda existir semejante faceta de impresionante vigor en quienes se muestran suaves, casi diríamos tiernos, en el trato diario.
La muerte de Héctor Suppici Sedes deja de duelo al deporte uruguayo, particularmente al automovilismo de toda América del Sur.
Nosotros hemos sentido un dolor punzante y no queremos ni podemos disimularlo.
Los habíamos visto aquí, en nuestra redacción, el mismo día de la partida. Tenía amigos en esta casa, como en todo Buenos Aires, se le estimaba por aquellas condiciones de valiente y habilidosos que imponen respeto, se le apreciaba mucho porque era de una exquisita distinción. Por cierto que no es frecuente hallar ejemplos tan elocuentes de cabal discrepancia entre aspectos de una misma personalidad: el automovilista curtido en las luchas terribles de la ruta, era en la gran ciudad un señor cuya suave sonrisa y cuya figura levemente inclinada hacia adelante, como si ensayara siempre una reverencia, nos parecía haberlo visto luciendo el frac en brillantes recepciones.
Esa placidez era exterior. La inquietud le bullía en el espíritu y le brotaba en los ojos, de mirada penetrante. Suppici Sedes era un temerario y ese rasgo valía mucho en quien como él daba muestras reiteradas de amar mucho la vida. De su actuación en el deporte, de sus andanzas por el mundo y hasta de su vida privada quedan episodios que dan fe de su vivacidad y de su ingenio.
Ha muerto lejos de su patria y de sus amigos, envuelto en la tierra del país chileno.
Envuelto también en la admiración y el afecto de todos los deportistas de América. Porque Héctor Suppici Sedes fue gran figura, valor auténtico.
Cuando esa nube que ahora oscurece nuestro raciocinio se haya desvanecido acaso podamos escribir el artículo que él merece. Los lectores sabrán disculparnos que abatido el ánimo tras la violenta sacudida, no le brindemos la nota que pudiera haber esperado».
De El Gráfico, de Buenos Aires.
Desde Iquique señalaban las agencias telegráficas que el accidente que costó la vida al corredor uruguayo Suppici Sedes ocurrió en la mañana del 4 de diciembre de 1948, en la población salitrera de Victoria, Chile. En pleno desierto de Atacama.
Allí quedaron los restos del poderoso Ford 8, joya ingeniosa, verdadero alarde de la industria automotriz y para el cual Suppici Sedes había prodigado sus profundos conocimientos técnicos y su valentía tantas veces consagrada. El volante falleció a las 10.30 horas. *
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