Una pluralidad en serio

 

Con frecuencia, y sobre todo a través de cartas que publica la prensa escrita, cada vez hay más televidentes que suelen expresarse muy ácidamente acerca de ciertas conductas monopólicas de la televisión.

Hablo de unas conductas que han limitado tanto la libertad de información  que es igual a decir el derecho de los ciudadanos a ser debidamente informados  como la pluralidad de ideas y opiniones; esa libertad y esa pluralidad deberían respetarse siempre cuando un medio se ocupa de cualquier tema que interese a la sociedad.

La aparición del cable ha ido cambiando poco a poco esas reglas de juego, sostenidas durante más de treinta años. Y con el cable, más allá de que su porción mayor ha quedado en manos de los dueños de la televisión abierta, irrumpió en las pantallas uruguayas una serie de propuestas vigorosas, modernas, renovadoras, que primero causaron sorpresa y luego han seducido a los televidentes más espabilados.

A la cabeza de esa corriente, simplemente por la multiplicidad de propuestas construidas en el mismo sentido (aunque no sólo por eso), se ha ubicado TV Ciudad, el canal de la Intendencia de Montevideo.

Sería muy sencillo ejemplificar esto apelando al ciclo «La libertad de información». Por cierto, es una realización digna, prolija, donde se ha dado cabida a todas las opiniones posibles acerca de un tema tan importante y complejo. No ha habido ahí censura ni autocensuras, y que todos los profesionales consultados se hayan sentido absoluta y sinceramente libres de expresar lo que piensan, incluso asumiendo los riesgos que aún hoy eso puede implicar aquí, no es sino otro mérito de sus responsables.

Pero hay otras propuestas, como la que ha dado espacio a los artistas uruguayos o la que ahora se está ocupando del duelo y su rica y polémica historia en el país. Hablando de este ciclo, hay que decir que de la diversidad de opiniones exhibidas han brotado unos programas interesantes, instructivos y, por tanto, esclarecedores. De eso se trata, amigo lector: dar a los ciudadanos la mayor cantidad de información y opinión seria, al margen de disidencias y polémicas, para que puedan elaborar su propio juicio crítico con integridad y solidez. La circulación de ideas diferentes hace rica a una sociedad; el empobrecimiento suele venir de una supuesta unanimidad o de los consensos fabricados arteramente por el poder.

Es curioso. Esta pluralidad, incipiente aún en los medios electrónicos, está abriendo paso a otra revelación. Parece que puede dar mejores resultados económicos, como ha sido probado en la Argentina, porque genera confianza y respeto hacia la televisión que la permite y la sostiene.

Y aquí nos introducimos en otro fenómeno nuevo para los uruguayos: la competencia. Si es real, y aun cuando un medio intente copiar la fórmula exitosa del otro, se elevará el nivel general de la calidad y la televisión contribuirá al bien común. Hasta ahora, esa competencia fue ficticia en el Uruguay y, por tanto, igualó hacia abajo; el mecanismo monopólico, abaratándolo todo, emparejó, achatándolas, todas las propuestas imaginadas. Confundió costos famélicos con ganancias permanentes, imaginando que el campo no dejaría jamás de hacerse orégano. La gente fue obligada a ver cualquier cosa, simplemente porque no había opción: y así se fue fabricando una teleaudiencia habituada a las peores pantallas, persuadida de que eso es lo que necesita de la televisión.

El camino de retorno a la dignidad es largo y tal vez hoy sólo lo divisen quienes sean capaces de un pensamiento crítico. Pero está claro que, por fin, ha comenzado a andarse. Tan claro como que su primer paso amaneció con el respeto a la pluralidad de ideas y de opiniones. *

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