MI GRAN CASAMIENTO GRIEGO

Hasta que la familia nos separe

 

Es otro de esos acontecimientos cuyo poder de convocatoria se consolida en el boca a boca. Se trata de «Mi gran casamiento griego», un filme independiente norteamericano que viene repitiendo, por estas latitudes, el éxito descomunal que ha logrado en Estados Unidos desde los primeros días de su exhibición.

No hay mayores secretos en la receta. En esencia se trata de una obra con perfiles autobiográficos de la autora del libro original (sobre una hija soltera en edad de merecer, cuya familia griega quiere «colocarla» a toda costa), que primero experimentó una traslación al teatro para luego, en virtud del éxito obtenido –y mediante la compra de los derechos correspondientes– se transformó, al principio, en una tímida apuesta de la pantalla grande. Casi inmediatamente dicha apuesta se convirtió en un éxito absoluto multiplicando la inversión y convirtiendo el filme en uno de los negocios más rentables de la industria cinematográfica independiente de los últimos años.

En realidad, si se quiere, no hay mucho secreto por descubrir en el análisis de este suceso. En medio de muchas comedias faltas de gracia, Mi gran matrimonio griego se presenta como una producción –de tono menor– bastante fresca, sin mayores pretensiones y con una linealidad narrativa que logra un enganche básico con la platea mientras algunos diálogos y situaciones dan cuenta de cierta agudeza en el guión. No es poca cosa lograr reunir todos estos atributos en una comedia que –decididamente– se juega al entretenimiento en tono familiar, con algún toque de picardía y perfil bajo en un elenco que no reúne luminarias conocidas.

Esta ausencia de estrellas o mayor promoción difusora a la hora de su estreno hace que Mi gran casamiento griego sea un largometraje que se sostiene por sí mismo a través de los valores propios de su propuesta. Una propuesta que quizás se juegue un poco al grotesco, con conductas hiperbolizadas, alguna caída en el estereotipo y el dibujo simplista de ciertos estados de conducta que tienen que ver con el choque de culturas. Este, quizás, sea el gran anzuelo de la película; el supuesto enfrentamiento entre anglosajones y grecolatinos donde aspectos que hacen a la religión, el sexo y la familia adquieren un significativo peso diferencial. La anécdota, entonces, donde la única hija soltera de una familia griega se enamora de un apuesto profesor no nacido dentro de los perímetros de la civilización helénica, convierte toda la historia en efectivo motor reidero de la obra frente a la tragedia doméstica que dicho romance ocasiona entre los descendientes de Homero.

La advertencia del caso, entonces: no hay que buscar en esta propuesta mayores trascendencias ni una actitud contestataria frente a los prejuicios. En realidad dichos preconceptos son tomados en solfa (como también algunos temas que hacen al machismo o el rol de la mujer en la sociedad moderna), lo que no deja de ser muy saludable porque ya se sabe que la risa es buena catarsis y poderosa llave para la reflexión.

Con un celebrado «happy end» que no se fuerza con imprevistas llaves de tuerca ni otro tipo de manipulaciones a nivel del libreto, esta ceremonia cinematográfica se convierte en una verdadera fiesta a la cual vale la pena ser invitado. Totalmente recomendable para levantar el ánimo, sonreír sin pausas y salir gratificado de la sala. En los tiempos que corren es bastante. *

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