ARTE

Matta, el último surrealista

 

Roberto Sebastián Antonio Matta Echaurren nació en Santiago de Chile el 11.11.11., tal cual escribió en su Auto-Elasto-Infra Biografía. Fue más conocido por Roberto Matta o simplemente, Matta. Un año después está en Valparaíso, subiéndose a caballo de tortugas, para entre 1914-18, viajar con sus padres y su abuela por Europa. Aprendió a nadar en Viña del Mar con una temperatura de 12º, estudió en el colegio de Los Sagrados Corazones de Jesús y de María, se recibió de arquitecto en la Universidad Católica de Chile a los 21 años para cortar, a los 22, el nudo gordiano que lo ataba a los jesuitas, la familia y a Chile, y pasó a enrolarse en la marina mercante para descubrir Europa. Recordará: «Me paseaba a pie, me lo pasaba en los museos tomando notas. No tenía contactos con nadie. Quizá era arquitecto, pero me di cuenta de que no sabía nada. A los 21 años, recomencé a aprenderlo todo. Pasé un verano en Italia, dibujando los cuadros que me interesaban. Seguía estando siempre solo, sin saber por qué». En 1934 trabaja en el taller de Le Corbusier, «él no enseñaba y en cuanto a práctica, no había», mientras hacía, junto con sus compañeros, dibujos para la Ville Radieuse. Un año después se marchó a Madrid donde conoció a García Lorca y en la primavera boreal de 1936 fue a Berlín para los Juegos Olímpicos (en un acto que calificó de inconsciencia política) y como cartero del taller de Le Corbusier llevó los planos de un proyecto y seguió por Leningrado, Helsinski (conoció a Alvar Aalto), Estocolmo, Copenhague, Bruselas, París, Barcelona y Lisboa. Luego en Londres contactó con Moholy Nagy, Gropius, Magritte, Henry Moore y Roland Penrose.

En 1937 se realizó en París la Exposición Universal. «Yo estaba en un grupo que ayudaba a la construcción del pabellón español», las obras estaban atrasadas, y allí conoció a Picasso que trabajaba en el Guernica. Más tarde se encontró con André Breton y los surrealistas en el café Aux Deux Magots: «Estaba como Jesús en el templo con los doctores de la ley, como un niñito. Me dieron una creencia, afecto y un aprendizaje del verbo ser». Amistó con Marcel Duchamp y en vísperas de la guerra se marchó, como muchos, a Nueva York, donde conocerá e influirá en Meyer Schapiro, Pollock, Baziotes, Arshile Gorky, Motherwell, el arquitecto Kiessler, Gordon Onslow-Ford, entre otros. Viajó a México con algunos amigos y realiza cuadros inspirados por la potencia «terrífica del continente». Hace su primera exposición en la galería Pierre Matisse de Nueva York y en esa ciudad mantuvo almuerzos semanales con Duchamp. Quedó ciego durante nueve meses del ojo izquierdo y pintó con el derecho en 1943. Comenzó a elaborar, como portavoz del surrealismo, un lenguaje que lo caracterizará hasta su muerte: la búsqueda de una interrelación entre lo cósmico y lo erótico confundidos en espacios (exterior e interior) abstractos. En 1949, Matta pasó algunas semanas en Chile (volverá otra vez durante la presidencia de Allende, a sí como visitará a Fidel Castro en Cuba) donde difundió un manifiesto acerca de la necesidad del papel del artista revolucionario para redescubrir nuevas relaciones afectivas entre los hombres. Fue expulsado del grupo surrealista por Breton en 1949. A partir de ahí pasó a residir alternativamente en París (su taller estaba en el corazón de Saint Germain, recibía con simpatía a críticos uruguayos) e Italia, para establecerse definitivamente en Tarquinia, luego de casarse por tercera vez con una italiana, en los últimos años, donde murió.

Estuvo siempre del lado de la libertad (apoyó las luchas por la liberación de Argelia y Vietnam, a Allende), la dictadura pinochetista lo deschilenizó y adquirió las ciudadanías francesa y cubana. Aunque premiado por el ministro y luego presidente Ricardo Lago, no quiso volver a su país natal, realizó múltiples exposiciones por las más prestigiosas instituciones de todo el mundo e incluso en 1990 hizo una muy buena en la galería Der Brücke, y otra más breve, en la Fundación Klemm, en Buenos Aires, donde dejó patente su peculiar e inconfundible lenguaje en la pintura y el grabado, con una iconología basada en las pulsiones del deseo como forma de conocer el mundo. El último surrealista, no puede ser identificado como artista chileno ya que toda su obra responde a los códigos netamente europeos y él mismo vivió y se nutrió de la sensibilidad francesa durante siete largas, fecundas décadas.

Klemm, el Warhol argentino

Hijo único de un industrial alemán y una madre checa, el pintor, galerista, mecenas y coleccionista Federico Klemm, murió el jueves a los 60 años. Heredero de una enorme fortuna (30 millones de dólares, según algunos) tuvo una doble vida. La más publicitada, en particular en la televisión, fue la vinculada a la farándula porteña (Menen lo condecoró en 1998) en diversos programas donde su nerviosa personalidad se emparentaba, incluso físicamente, con la de Andy Warhol. Fue surperficial, anticonvencional, frívolo e insoportable en sus apariciones en la pantalla chica y sin embargo, este pintor hábil en la representación figurativa fantástica, que empezó en los días de la Fundación Di Tella al lado de Marta Minujín como integrante de los happenings, también barítono lírico acompañando sus propios vernissages, supo ser una personalidad cálida, irónica y afectiva desde su galería y museo (luego fundación) en la Plaza San Martín.

En ese estratégico lugar, frente a la Galería Ruth Benzacar, hizo exposiciones importantes de artistas famosos (el fotógrafo Mapplethorpe, Matta, varios italianos, argentinos Berni, Macció, Noé, Kuitka), apoyó a sus colegas locales y a los jóvenes instituyendo concursos, así como la exhibición permanente de una colección excepcional en el país con obras de Picasso, Magritte, de Kooning, Max Ernst, Man Ray, la transvanguardia italiana (el teórico del movimiento Achille Bonito Oliva le dedicó una monografía). Al desaparecer Klemm, y hasta que no se conozca el testamento, quedan interrogantes sobre el destino de la Fundación que formó y de su valioso patrimonio. *

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