El secreto de los flamencos
A diferencia de otras disciplinas nacidas del intelecto humano, como las ciencias exactas, la filosofía o hasta la retórica, este fenómeno está intrínsecamente asociado a los afectos.
No parece concebible crear una obra ya sea un cuadro, una escultura, una partitura musical o un libro sin apelar a la siempre indispensable materia prima de la emoción.
A través de la historia, el arte ha representado la totalidad de las vivencias humanas: las costumbres, el amor, el sexo, la familia, el odio, la guerra, el hambre, la muerte, la envidia, la codicia, la tragedia y la devoción religiosa.
Aunque sea en definitiva una suerte de aventura humana personal, no siempre el artista ha sido el dueño de su obra. Aún hoy, como en otros tiempos, la creación suele ser una suerte de producto de consumo con valor de mercado pasible de prostituirse.
Más allá de eventuales talentos y virtudes, el arte es en efecto una actividad siempre controversial, entre el mero compromiso individual del autor con su obra y la profesión como medio de subsistencia.
Las primeras construcciones artísticas se remontan naturalmente a la prehistoria, cuando el hombre representaba escenas de su cotidianidad en las propias paredes de la caverna, muchas de las cuales aún hoy se conservan y pueden ser admiradas por los ojos del hombre posmoderno. Esas pinturas rupestres fueron, quizás, las primeras formas de expresión humana.
Uno de los tiempos más productivos de la humanidad en materia artística fue, sin dudas, el denominado Renacimiento. Este período histórico que siguió a la Edad Media, se sitúa, para la mayoría de los investigadores, aproximadamente entre los siglos XIV y XVI inclusive.
La fragmentaria sociedad feudal, con una economía casi agrícola y una vida cultural virtualmente dominada por la Iglesia, fue evolucionado hacia otras formas y estructuras.
El Renacimiento, que presumiblemente comenzó en Italia, se caracterizó por la proliferación de instituciones políticas centralizadas, una economía básicamente urbana y el renovado entusiasmo por el arte y la creación.
En Italia concretamente, se asistió a un auge muy particular de las ciudades situadas en el centro y norte de la península, como Florencia, Ferrara, Milán y Venecia, cuyas riquezas financiaron los logros culturales renacentistas.
Una de las más significativas rupturas renacentistas con la tradición medieval se verifica naturalmente en la interpretación de la historia. Obras como «Doce libros de historias florentinas», de Leonardo Bruno, «Historias florentinas», de Nicolás Maquiavelo, «Historia de Italia», de Francesco Guicciardini y «Método para facilitar el conocimiento de la historia», de Jan Bodin, revelan un punto de vista secular del tiempo y una actitud crítica hacia las fuentes históricas.
Se estudiaron los textos clásicos y se enjuiciaron valores. Incluso, el gran interés por la antigüedad tuvo su expresión en la febril búsqueda y el redescubrimiento de escritos como los «Diálogos de Platón», los textos históricos de Herodoto y las obras de dramaturgos y poetas griegos.
El estudio de la literatura antigua, la historia y la filosofía moral tuvo el propósito de crear conciencias libres, de gusto y juicio, para reemplazar la espartana cultura monacal imperante en el medioevo.
En el campo de las bellas artes la ruptura con la cultura de la Edad Media se registró en Florencia aproximadamente en 1420, cuando el arte renacentista alcanzó el concepto de perspectiva lineal que hizo posible representar el espacio tridimensional de forma convincente en una superficie plana.
Desde mediados del siglo XV, las formas y temas clásicos recuperaron su espacio. Los motivos mitológicos tomados de las fuentes literarias adornaron palacios, muros, mobiliarios e incluso utensilios de uso doméstico.
Piero de la Francesca, Andrea Montegna y Sandro Boticelli tres artistas paradigmáticos de la época pintaron retratos de personajes de la nobleza, resaltando sus características individuales.
Los ideales renacentistas de armonía y proporción culminaron en las obras de Rafael, Leonardo da Vinci y Miguel Angel, durante el siglo XVI.
Aunque también se lograron importantes progresos en medicina, anatomía, astronomía, física, matemática y se comenzó a usar la pólvora, la mayor revolución se registró quizás en el campo de la tecnología en el siglo XV, con la invención de la imprenta. Esta moderna técnica comenzó el ansiado proceso de democratización del conocimiento.
En «El secreto de los flamencos», el polémico narrador argentino Federico Andahazi construye un infrecuente relato que vincula la historia con la ficción puramente literaria, retratando a menudo hasta con crudeza y desmesura los claros y oscuros del Renacimiento.
Esta es la quinta novela de Andahazi que, como se recordará, saltó inesperadamente a la fama en 1996 con «El anatomista», cuyos lenguajes y abordajes provocaron una ola de conmoción y controversia.
Idéntico éxito tuvo dos años después «Las piadoras» otra obra audaz y no menos osada en la que el autor reveló nuevamente su predilección por sacudir las conciencias anquilosadas de una sociedad de doble moral que le rinde pleitesía a la cultura de la apariencia.
Sin abdicar del estilo transgresor que ha identificado a su producción literaria, Federico Andahazi asume en esta oportunidad el desafío de explorar una de las épocas menos transitadas pero a menudo más mitificadas de la historia.
Mixturando la narración meramente literaria, el thriller y la historia, el autor concibe un relato de sesgo tan desmesurado como revelador, en el que lanza una aguda mirada crítica sobre una época de esplendores y miserias.
Partiendo de la hipótesis que durante el Renacimiento el arte se transformó en fuente de poder, Andahazi desnuda los pormenores de la implacable guerra que enfrentó a las escuelas pictóricas más famosas de ese tiempo: la florentina y la flamenca. La primera de ellas dominaba la técnica de la geometría y la perspectiva y la segunda el secreto de los colores.
Desarrollando simultáneamente la narración en dos paisajes geográficos diferentes las ciudades de Florencia y Brujas el autor va tejiendo pacientemente los complejos entramados de una intriga de odios y traiciones.
La historia se inicia en la esplendorosa Florencia, con un acontecimiento crucial para el posterior devenir de los eventos: el sepelio de un joven pintor asesinado, al cual asisten, visiblemente acongojados, su maestro y dos condiscípulos.
La misteriosa muerte que será minuciosamente investigada ha provocado naturalmente una honda conmoción.
Con descarnado lenguaje, el narrador describe la mutilación y el avanzado estado de descomposición del cuerpo, lo que aporta a la escena un sesgo singularmente estremecedor.
El autor desliza su pluma en el tiempo rumbo al pasado, para reconstruir la efímera historia del muerto, de origen humilde y desconocido, cuyos primeros años transcurrieron en un orfanato regenteado por un solidario sacerdote.
El fugaz tránsito del niño por el arte se inicia cuando el célebre maestro pintor Francesco Monterga observando su precoz talento creativo lo toma bajo su tutela. La convivencia del chico, que debe compartir las enseñanzas del veterano artista con otros dos condiscípulos de diverso origen, se torna realmente compleja.
La vida del joven Pietro della Chiesa experimenta un cambio radical, que le permite emerger del infierno de la indigencia e ingresar en el fascinante universo de las formas y los colores.
Sin soslayar las más ocultas pasiones de sus ficticios personajes, A
ndahazi retrata con elocuencia un tiempo histórico de inflexión y ruptura, cuando la libertad creativa comenzaba a exorcizar los tiempos más crudos de la intolerancia religiosa.
En una era gobernada por la sensibilidad pero también por la ostentación, las apariencias y el narcisismo, el arte se transformó en una auténtica herramienta de poder.
Los artistas aspiraban a ser tomados en custodia por ricos mecenas, que les encargaban retratos, obra pictóricas para exhibir en sociedad y la decoración de sus gigantescos palacios o templos.
La decadente aristocracia competía con la ascendente burguesía y el clero por los favores de los cultores del arte, que a su vez pugnaban a menudo inescrupulosamente por ganar espacios, prestigio, admiración y dinero.
Desarrollando su narración entre la Florencia de los Medici y la semidesierta ciudad de Brujas, en los Países Bajos, el autor construye el grotesco retrato de la confrontación entre las escuelas pictóricas de la época y la incesante búsqueda de la utópica perfección.
En ese marco, el escritor describe algunas de las más habituales prácticas de esa guerra sórdida e implacable: el espionaje, el robo de técnicas y mezcla de esencias, la mentira, la traición y hasta la violencia.
Federico Andahazi diseña con singular minucia el escenario del conflicto, donde el maestro florentino y dos hermanos flamencos luchan sin cuartel por la posesión del supuesto secreto del color perfecto al cual aludía en algunos escritos el filósofo griego Aristóteles.
Aunque los tres condiscípulos son figuras igualmente relevantes en el relato, una misteriosa y acaudalada dama portuguesa que aspira a ser retratada es quizás el personaje clave de la historia.
Haciendo ostentación como es habitual de un inusual dominio del lenguaje, Federico Andahazi teje el complejo entramado de una intriga de pasiones desenfrenadas, ambiciones, fanatismos y odios viscerales.
Todos los personajes del relato tienen algo que ocultar: afectos nunca confesados, mezquinas envidias, conductas amorales, adicciones y otras prácticas no menos aberrantes.
El autor trabaja con abundantes simbolismos: el origen de los colores, las técnicas de la construcción pictórica, los indescifrables códigos numerológicos, los secretos de la alquimia, la dicotomía entre el blanco y el negro, la batalla entre el arte y el tiempo y la oposición entre la razón y la mera superstición fetichista.
Sin embargo, Federico Andahazi se detiene particularmente en la observación de las conductas y la psicologías humanas, ensayando una despiadada reflexión en torno al poder, el autoritarismo, la manipulación de voluntades y la ceguera como metáfora de la ambición desmedida.
(Editorial Planeta)
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