La Iglesia en el banquillo de los acusados
Cabe recordar que El crimen del Padre Amaro también integró el Primer Festival de Cine de Montevideo y desde un primer momento se convirtió en auténtico polo de atracción para el auditorio.
Es que esta producción mexicana dirigida por Carlos Carrera, sobre un texto decimonónico de Eça de Queiroz, e interpretada por el promocionadísimo Gael García Bernal (Y tu mamá también) posee todos los componentes para convertirse (como lo hizo) en una bomba cinematográfica. En momento coyuntural donde, por ejemplo, arrecian las acusaciones de pedofilia sobre integrantes del clero en la vecina orilla, esta propuesta testimonial sobre joven sacerdote que reniega de sus votos de castidad (y tampoco asume su responsabilidad como padre biológico), constituye un tremendo bofetón en pleno rostro de la Iglesia en su conjunto.
Valdría recordar, sin embargo, que el carácter contestatario de la obra no recae, en ningún momento, sobre la religión, la fe o la posible existencia de Dios. En realidad es el sistema clerical el que se encuentra en el banquillo de los acusados a través de una cronología que incluye relaciones con el narcotráfico, excomulgaciones de dignos representantes religiosos que no se avienen a las manipulaciones políticas de la Iglesia y una especie de doble discurso que contamina la esencia de los juramentos que hacen aquellos que encomiendan su vida a Dios.
En este sentido, por cierto, el dedo acusador de Carrera no deja títere con cabeza aunque, a nivel de la elaboración psicológica de algunos personajes, predomine el esteriotipo antes que una verdadera carnalidad. Esta posible deficiencia es la que hace por momentos que El crimen del Padre Amaro adquiera un vago carácter panfletario suavizado por una oportuna dirección que logra continentar esos descontroles a nivel de la denuncia. En estos terrenos, donde las adhesiones y los rechazos a partir de creencias personales marcan la cancha, parece bastante difícil lograr un equilibrio entre religiosos militantes, ateos y agnósticos. (unos, evidentemente, pondrán el grito en el cielo subrayando el grado herético de la obra y otros la considerarán como valiente testimonio sobre conductas hipócritas). Lo más oportuno, entonces, quizás sea subrayar algunos aspectos que hacen a la propia construcción del filme.
En este sentido puede decirse a modo de ejemplo que quizás estemos frente al mejor papel que haya logrado Sancho Gracia para la pantalla grande (en el rol del padre Benito) y que, a pesar de algunos cortes en grueso, la obra presenta atendibles instancias para la reflexión (y quizás la indignación) entre los espectadores. Como señalábamos, el cineasta Carlos Carrera mantiene especial cuidado para no caer en absurdos golpes bajos lo que hace que buena parte del largometraje conserve un amargo sabor de verosimilitud. Estos detalles no menores hacen que la odisea del Padre Amaro, su caída en la pecaminosa tentación y la posterior cobardía que lo deja fuera de toda redención posible, se convierta en un tema fuerte de discusión y, ¿por qué no?, en una saludable autorreflexión sobre algunos valores. En este sentido, el de promover cuestionamientos (entre sexualidades sofocadas, dudosas «narcolimosnas» y lazos clandestinos con el poder de turno), es quizás donde reside el valor más importante de este largometraje azteca. Que sea lo que Dios quiera. *
EL CRIMEN DEL PADRE AMARO. Dirigida por Carlos Carrera. Guión de Vicente Leñero sobre texto de Jose María Eça de Queiroz. Producción: Alfredo Ripstein y Daniel Birman. Fotografía: Guillermo Granillos. Edición: Oscar Figueroa. Música: Rosino Serrano. Con Gael García Bernal, Sancho Gracia, Ana Claudia Talancon, Angélica Aragón y Luisa Huertas.
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