El mito de los programas caros

Hoy casi no hay programas de producción nacional en la televisión abierta. Desde unos años atrás y hasta inicios del presente, la idea de los canales fue promover esa producción, ya directamente, ya a través de acuerdos con otras empresas o grupos de creativos.

La razón de aquel empuje –de todos modos más aparente que real, si se analiza con espíritu crítico los contenidos y su permanencia– es fácil de explicar. Las mismas compañías son propietarias de los canales abiertos y de la mayoría de los cables; ese acaparamiento monopólico concluyó por ponerlas ante un cuello de botella que no supieron prever: el cable, aun pese a su costo escasamente democratizador, se volvió un competidor de la televisión abierta. Los empresarios terminaron por cuenta de que, al menos a largo plazo, uno se comería a la otra, salvo que ésta apostase a contenidos que aquél no ofrece; es decir, producción nacional.

Germinó así la idea de que la televisión abierta podría convertirse en la defensora de la identidad nacional, aportando contenidos propios, hechos por nuestra gente y para reflejar y promover nuestra cultura.

Más allá de que, como va dicho, hasta en su época más fértil esa producción propia poco tuvo que ver con la preservación de la identidad nacional, es objetivamente cierto que hubo más trabajo para guionistas, productores, realizadores y técnicos uruguayos.

Durante 2002 todo cambió y ha sido peor. Culpando a la crisis económica –real, cómo no, pero también amplificada a su conveniencia–, la televisión abierta ha ido reduciendo dramáticamente la producción nacional, jibarizándola en una minúscula y poco respetable caricatura.

De todos los argumentos que se han utilizado para justificar este proceso, hay uno que me interesa destacar y contestar. Las televisoras han dicho, una y otra vez, que la producción nacional es cara. Pues es una verdad a medias, una especie de sofisma resguardado por lo que no se informa o la mayoría ignora. Por cierto, un buen programa nacional es más caro que uno de esos enlatados viejos y de mala calidad que suelen comprar los canales para rellenar sus contenidos: series antiguas, exhibidas hasta de canto; teleteatros absurdos, mal actuados, inverosímiles, que en vez de filmados parecen pintados con crayola; películas de tercera o cuarta categoría; o ciclos de supuestos talk shows o reality shows que causan vergüenza ajena.

Sin embargo, son igualmente ciertas otras dos cosas: primero, que un buen programa nacional puede ser más barato que algunos contenidos abominables que los canales califican de «estelares», importados a precios considerables, del tipo de «Gran hermano», «Expedición Robinson» o «Confianza ciega»; segundo, los administradores de las empresas de televisión abierta jamás han sido precisamente inteligentes para elaborar contenidos que, además de una dignidad intrínseca, fuesen producidos sin gastos superfluos o innecesarios (por regla general ha habido constantes desarreglos presupuestales a raíz de pagos obscenos a estrellitas de turno, escasa o casi nula organización profesional de los emprendimientos, etcétera).

Hoy, poco a poco, y mientras el cable se estanca o retrocede, la televisión abierta parece ir recuperando su nivel habitual de retorno económico; o sea, las empresas están incrementando –aunque no es descartable que influya la proximidad con el final del año, históricamente una «zafra»– sus tandas de avisos y la calidad de sus presentadores comerciales de programas.

Habrá que ver, en el caso de que esto se confirme como una recuperación de la rentabilidad perdida, si sus dueños rebobinan y vuelven a pensar –eso sí, con mayor respeto por el sufrido televidente–, en la tantas veces escamoteada producción nacional. *

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