CON DAVID TOSCANA

Lo que es patético en el hombre resulta sano para la literatura

 

Es la segunda vez que Toscana, considerado por la crítica como uno de los narradores más talentosos de su generación, visita Montevideo. La primera vez fue hace cuatro años y asegura que le gustó tanto que decidió incluirla como escenario en su última novela. Parece ser, además, un homenaje a la ciudad natal del autor de El Astillero, a quien reconoce como uno de sus maestros. «¿Tú también eres onettiano?», pregunta Toscana, a modo de presentación, por si quedaran dudas de sus gustos literarios.

-El protagonista de su última novela, Miguel Pruneda, ha sido un empleado modelo durante treinta años pero, a partir de la palmada en la espalda de su jefe en clave de felicitación, comienza a replantearse su existencia y la visión que hasta ese momento tenía de la vida.

-Uno se da cuenta que le empiezan a pasar muchas cosas por la mente, pese a que Miguel Pruneda no le dice al lector lo que está pensando. Pero el lector se da cuenta que está pasando por una serie de transformaciones. Con saber que tiene treinta años llegando a su oficina, se deduce que es un hombre racional, ordenado, disciplinado y, de pronto, hay un quiebre. Un quiebre que sólo se explica, como tú dices, por la palmada de su jefe y por la decisión de entrar al cementerio antes de llegar a su casa.

-Ese cuestionamiento del personaje se traslada al lector. Quiero decir que, a medida que se avanza en la historia, el lector comienza a cuestionarse lo mismo que Pruneda.

-Esa era la intención. Por fortuna, el lector realiza una serie de cuestionamientos sobre la vida, la muerte, la existencia o si está desperdiciando su vida atrás de un escritorio. Todas estas cosas que a veces no son sanas cuestionarse. Siempre he dicho que lo que es patético en el hombre es sano en la literatura.

-La relación del protagonista con la muerte es una característica de los mexicanos…

-Es cierto, pero en este caso traté de que fuera siempre desde la visión personal de Pruneda. El llega a la conclusión de que la vida no es algo digno y, mucho menos, ante la perspectiva de morirse.

-En su anterior novela, Estación Tula, donde usted aparece como personaje, la historia tiene un halo de misterio en torno al destino de Froylán Gómez, otro de los personajes. Y la muerte vuelve a estar presente.

-Esa novela surgió después de una lectura que hice de Don Quijote. Recuerda que cuando muere Quijote dice «viviendo loco murió cuerdo». Si hubiera recobrado la cordura, evidentemente no hubiera muerto. Ahí pensé que el narrador nos estaba mintiendo y no me refiero al concepto de verosimilitud, sino a un narrador que deliberadamente miente, que en este caso es el barbero y el bachiller Carrasco. Entonces se me ocurrió crear una fantasía literaria sobre mentiras y ahí es cuando aparezco. Creo que las novelas nos tienen también que llenar de dudas. Mucha gente dice ¿pero qué le pasó a Froylán? ¿Se ahogó? ¿Desapareció? Yo no lo sé. El Toscana personaje que agrupa todo esto, al modo también de Don Quijote, no puede saber nada más de lo que está ahí. Si yo no sé qué pasó con Froylán tampoco hay modo de que el lector lo llegue a saber.

 

Entre Kafka y Onetti

-Junto a otros escritores, usted integra lo que los críticos han denominado como «Los bárbaros del norte». ¿Cómo surgió esto?

-Nos han agrupado con diferentes nombres. Uno de ellos es ese, debido a que comienza a surgir una nueva narrativa en toda la franja norte de México. Una narrativa que describe desde el norte y sobre el norte, sin la necesidad de emigrar a la capital. Así fue como los críticos comenzaron a descubrir nuevas voces, nuevas formas de narrar, nuevas geografías para la novela e, incluso, nuevos temas. Por ejemplo, se hablaba mucho de que el narcotráfico no se había novelado en México y esto ha comenzado a cambiar. Se ha novelado tan bien que hasta Pérez Reverte se sintió atraído y quiso parte del pastel. Y, claro, se lo llevó todo (risas) (*). Creo que hubo una revitalización de la literatura que ya estaba como muy escrita desde la capital y sobre la capital.

-¿Hay una temática o estética en común entre estos escritores?

-No, existe una temática bien diferenciada entre los integrantes del grupo. Por ejemplo, Eduardo Parra, que estuvo por aquí hace unos meses, trata el underground de la sociedad en temas que generalmente se vuelven violentos y la vida en la frontera entre México y Estados Unidos, que es un mundo muy particular. Otros colegas hablan del fracaso, la muerte, de situaciones donde el ser humano se siente sin posibilidades de escapar.

-Entre Kafka y Onetti...

-(Se ríe) Exactamente.

-Usted estudió ingeniería y se volcó a las letras. ¿Cómo fue ese proceso?

-La idea de que los escritores estudian letras es muy reciente. Sin ir más lejos, aquí cerquita tenemos a Ernesto Sábato que antes de ser escritor fue una gran promesa de la Física. Las novelas no tienen que ver con la literatura. Tienen que ver con la vida, con la imaginación. La literatura como tal, convierte a las novelas en un objeto de estudio. Por supuesto que también las leo como escritor, es decir concentrándome en la estructura o el tiempo narrativo, por ejemplo, pero todavía las tengo como un objeto de disfrute, de vivir otras vidas. *

(*) Se refiere al escritor español Arturo Pérez Reverte y su última novela, La reina del Sur, que narra la historia de un narcotraficante en México.

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